Doctor Nómada (décimo quinta parte)


Leer la décimo cuarta parte

Doctor Nómada (décimo quinta parte)

El último día de Fidel fue como hacía tanto no lo recordaban sus familiares. La firma de un armisticio entre él, sus seres queridos y el destino que, se había encarnizado con ellos.

A la mañana siguiente de haberlo visto; mientras yo seguía dormido, impregnado con el olor de la pus que había drenado de su pierna; Fidel estaba reactivo, abandonó esa postura derrotada en la cama, pidió que lo sacaran de la habitación, quería ver su milpa, o lo que alguna vez lo fue, y ahora era un páramo descuidado lleno de hierbas silvestres.

Lo sacaron al patio y lo acomodaron en una silla, consternados le preguntaban -¿qué quería? Tan sólo ver el amanecer, escuchar el bosque que rodeaba su casa, todo eso que había sido su reinado hasta hace poco y que fue perdiendo junto con las piernas, las esperanzas y las ganas de vivir.

El resto de la familia se sentó a su lado, en el suelo y tras un buen rato mirando cómo el sol alejaba la oscuridad, comenzó a platicar, como sólo los viejos saben, escarbando en las profundidades de sus vivencias, rescatando aquellas que lo habían iluminado y le habían salpicado la vida de gozo.

Alrededor, la sorpresa no cesaba, estaban más asombrados que fascinados de escucharlo, y aún mas de ver un brillo en su mirada nublada y esa sonrisa que olvidaron hace tanto. Los minutos se sucedían dinámicos, pero nadie quería interrumpirlo, así como el niño aprendiendo a andar en bicicleta y que se ha caído tantas veces que, cuando por fin logra vencer a la gravedad, quieres que nunca deje de pedalear, así lo observaban y escuchaban.

-¿Qué en esta casa no se desayuna? -dijo Fidel cuando hizo una pequeña pausa entre sus anécdotas.

No habían reparado en que la hora de desayunar ya había pasado, así que su hija y su nieta se levantaron y buscaron qué preparar, tampoco es que hubiera mucho, pero presintiendo que esta mejoría no sería duradera, sacaron lo mejor que tenían de su escuálida alacena para hacer un desayuno memorable. Al cual Fidel dio batalla, comía con ganas, de esas que se contagian. El menú no dejó de ser humilde, pero todos lo disfrutaban, junto con la abundante plática que continúo hasta ya cerca el medio día.

Le sugirieron que descansara un rato, no entendían de dónde sacaba tantas fuerzas y anécdotas, parecía que el embrujo se había esfumado y Fidel cobraba venganza a la oscuridad que lo tenía postrado desde hace tanto.

Lo llevaron a la cama para que descansara un rato, y su esposa a la que el asombro la tenía fatigada, se quedó con él sentada en una silla, trabajando en su bordado, hasta que también se quedó dormida con el bastidor en el regazo. Los demás en silencio, hacían las labores cotidianas que correspondían.

Su hija tomó el auto y fue al pueblo, deseaba festejar la mejoría de su padre. Si no hubiera vendido todas sus gallinas habría sacrificado a alguna, pero ya en el mercado tuvo que pedir fiado para conseguir los ingredientes que conformarían el menú festivo de la comida, un buen caldo que tuvo que ser de pollo, arroz y tortillas. Las personas del mercado ya sabían que la situación de la familia de Fidel era muy dura, más que la del resto del pueblo, y eso no era poco decir, pero les tenían aprecio, habían crecido juntos, y mas tarde que temprano, volvían a liquidar sus deudas.

Normalmente pedía prestado lo elemental para salir adelante, ni un poco más. Pero esta era una ocasión especial, así que, hasta unos claveles blancos consiguió con la señora de las flores, a la que le contó el motivo de tal suceso, eso le ablandó el corazón y aceptó dárselas con la promesa de pago.

Ya en casa, los viejos se habían despertado y platicaban con su nieta, quien habiendo terminado de limpiar un poco y ventilar el cuarto que hacía mucho no estaba sin esa pesadumbre de guardar enfermedad y dolor, ahora el aire cruzaba de un lado al otro, llevándose los muchos sinsabores. Al ver el cargamento de comida, no lo podían creer, primero se preocuparon por cuánto dinero deberían a los comerciantes, pero bajo la máxima y esperanzadora frase de “ya Dios proveerá”, se dieron a la tarea de preparar la comida.

Prendieron el radio que había enmudecido desde hace tanto, y con la música y la plática de Fidel que no paraba, pusieron manos a la obra.

Desde la mañana todo era una anomalía, e hizo que todo sucediera más tarde, pero no tenían prisa, días así eran raros. Así que, la comida estuvo lista ya avanzada la tarde, a todos les hacía ruido el estómago, en particular por los olores que arrojaban las ollas en la estufa.

Se acomodaron todos en la mesa, y al ver cacerolas con comida humeante, tortillas calientes y los claveles en una botella de refresco que fungió como florero, se quedaron pasmados por unos segundos, guardaron silencio espontáneamente. La vida les había golpeado desde hace tanto y con tanta saña que, una comida decente parecía un acto inmerecido de anarquía frente al orden divino.

-¿Y se puede comer o no’mas lo trajiste para mirarlo? -dijo a modo de broma Fidel para romper el silencio.

Arrasaron con todo, los huesos del pollo quedaron limpios, y apenas quedó un poco para la cena del abuelo. Para ese momento y entre la fatiga del desvelo, las emociones transcurridas desde la mañana y una sustanciosa comida, acordaron tomar una siesta. Llevaron a Fidel a su cama y la abuela ahora se acostó a su lado, se quedaron boquiabiertos, desde que había perdido sus piernas dormían separados. Al poco rato cayeron el resto vencidos de felicidad y cansancio.

Hay una regla no escrita en la medicina, que data de observaciones ancestrales. No infrecuentemente y de manera espontánea en algún paciente muy grave, al que ya creemos perdido, mejora, tanto que parece imposible, pero tras veinticuatro o cuarenta y ocho horas, fallece. Incluso en algunas ocasiones, da tiempo a darlo de alta y apenas llega a casa, o es visitado por todos aquellos que no pudieron verlo en el hospital, muere.

El caso de Fidel representaba una confirmación de esa regla no escrita. Cuando intentaron levantarlo para darle sus medicamentos de la noche y hacerle curación a la herida, ya no despertó, murió con tanta felicidad en su último día que, se veía mejor en ese momento que durante los últimos meses que había estado enfermo.

Su familia no sólo había pedido fiado en el mercado, también al destino le habían pedido prestado unos momentos de felicidad, que ahora se los estaban cobrando con réditos.

La anciana yacía a su lado, inmóvil, también sin vida. Ella que, se había mantenido firme tras los embates que datan de generaciones, ya descansaba, todo indicaba que no deseaba seguir luchando sin su pareja; y casi como deferencia a tantas injusticias, murió junto a su marido.

Después de contarme lo ocurrido, y esperando algún tipo de reproche; me llenaron de agradecimientos, por haberles ayudado a tener unos momentos de felicidad. Era absurdo tratar de explicarles lo que no entendía, esos designios misteriosos que no hacen más que conmovernos.


Bonus track

En modo cumbiero intelectual
En el bazar de ilustradores, sólo por el puro recinto valía la pena ir.

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