Doctor Nómada (décimo sexta parte)
Doctor Nómada (décimo sexta parte)
En la modernidad médica, algo parecido ya a un proceso industrial, hasta la muerte ha cambiado sus usos y costumbres. Siendo primariamente solitaria y desvinculada. No es infrecuente que un paciente grave en terapia intensiva, sólo reciba visitas de despedida, y su último latido del corazón lo dictamine una máquina. Normalmente una enfermera confirma lo que indica una linea perenne de un electrocardiograma, ésta despertará al médico de guardia, quien avisará del fallecimiento a los familiares; toda una cadena de producción. El resto de personal que lo había estado atendiendo comentarán detalles médicos del paciente, y continuaran su día como cualquier otro.
A pesar de los avances tecnológicos, poco se ha avanzado en lo que respecta a la muerte, tal vez ahora nos llenamos de mediciones indirectas que la prevean, incluso nos ayudarán a decidir cuando es momento de darse por vencido. Pero con relación al hecho puro de morir, lo único que ha hecho la ciencia ha sido fragmentarla, enfriarla, incluso terciarizarla a los robots que asistían en el proceso. Bajo el argumento de promover la seguridad, la higiene y las buenas prácticas; el trance más duro es ver a familiares desbordados de emociones frente a personal e instalaciones que nunca fueron pensados para ese momento. Un ejemplo de máxima egolatría, una medicina que rara vez cura, que prácticamente se volvió un servicio de suscripción, nunca ha pensado cómo enfrentar la muerte y lo que le sigue a su familiar y su entorno.
Las cosas con Fidel fueron distintas, al menos para mi, por primera vez tuve que enfrentar lo que hay después de la muerte, y no en un sentido místico, sino terrenal. Me encontraba fuera de balance, desconocía el protocolo, qué hacer más allá del clásico pésame.
La familia de Luzma se ofreció inmediatamente a ayudar, en realidad ni siquiera era un ofrecimiento, la cooperación entre ellos se asumía natural, una norma no escrita de solidaridad. Tuve que ceder ante su petición de ir a ver a los familiares fallecidos, como si yo tuviese que confirmar lo obvio, pero no pude negarme.
Verlos en la cama compartiendo aquello que pasa después de que el corazón se detiene, fue hermoso, lleno de ternura; por extraño que parezca, la emoción que emanaba de esa circunstancia era bella. Yo fui el que contrastó totalmente, no sabía qué hacer y más que nada no sabía qué esperaban de mí. Así que, hice lo único que sabía, confirmar con mis manos la ausencia de latidos en esos cuerpos y decir lo siento.
No sé sí mi actuar fue correcto o no, pero al menos la confirmación de lo inevitable permitió que su familia tomara control y posesión de la muerte y sus amasijos.
Tras haber cumplido mi papel, me sentía como elefante en vidriería, donde me paraba estorbaba, así que salí al patio y me senté en la misma silla en la que Fidel se llenó la mirada de lo que le rodeaba, guardó en sus últimos momentos ese páramo descuidado que había sido su reinado y legado para su familia. En esa silla se despidió e hizo la pases con la vida.
Pasé mucho tiempo contemplando, hundido en miles de pensamientos que iban y venían como las hojas secas que pasaban frente a mis ojos. Hasta que Leonila me encontró y me pidió ir a cuidar a Luzma, para poderse quedar con calma a ayudar a la familia de Fidel y organizar el entierro. Asentí agradecido, no era fácil para mí presenciar el ritual de después de la muerte. Pero confirmé que ese mas allá tan mencionado y estereotipado; en la práctica, es una amalgama de tristeza, frustración, dolor, ternura, cuidado y serenidad; algo muy ecléctico que, me removió las entrañas profundamente, tal vez cientos de veces había presenciado y anunciado la muerte, pero nunca la había vivído tan de primera mano.
Mis habilidades para conducir sin soporte tecnológico demostraron su memoria y pude retomar la destreza de mis primeros años de conductor, o tal vez, iba tan sumido en mis pensamiento que no percibía lo agreste del terreno. De las miles de cosas que iban y venían a mi cabeza, había una que permanecía, Luzma.
Sin ser el experto sabía que su condición no había sido abordada adecuadamente y su respuesta parcial a la quimioterapia que le administraban en casa, me hacía pensar que su diagnóstico debía ser menos ominoso. Pero también sabía que necesitaba una evaluación extremadamente precisa, y para ello hacía falta dinero y mucha suerte, para que el médico que la atendiera, normalmente abrumado de la carga de trabajo, fuera capaz de hallar el diagnóstico preciso. En los hospitales públicos, la cada vez mayor carga de trabajo y los menores recursos disponibles, apabullaban y desanimaban a los miles de médicos que deseaban hacer lo mejor, pero la realidad los doblegaba, llevándolos al conformismo, normalizándolo todo, incluso una mala práctica.
Me preocupaba que la vida de Luzma dependiera de la suerte, de un médico que aún deseara investigar en detalle y luchara contra un sistema que sólo busca favores políticos, en lugar de respuestas a sus pacientes; que fácil es cuando no falta nada y el dinero no es una limitante, pero para la mayoría, la vida era totalmente contraria a lo que yo estaba habituado.
Luzma tenía un buen día y estaba curiosa por saber los detalles de lo ocurrido en casa de Fidel. Me era incomodo hablar de la muerte y sus menudencias ante una persona que se encontraba muy cerca de un escenario similar. Así que, calmé un poco su curiosidad pero, traté de desviar su atención a otros temas, mientras cumplía con los cuidados que debía darle, labor que realicé por varios días, hasta que el entierro y los rezos subsecuentes terminaron; entonces todos volvimos a la cotidianidad.
Sabía que no tenían que perder más tiempo. Hablé con Leonila y le expliqué lo importante de la evaluación de Luzma; y aunque renuente, ya la habían rechazado y timado tantas veces; aceptó, pusimos una fecha potencial para organizar la revisión de Luzma.
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