Doctor Nómada (décimo séptima parte)
Había pasado casi una semana desde que Luzma y Leonila habían partido hacia el hospital, vaciaron, otra vez, sus arcas y, otra vez, se fueron llenas de esperanzas.
No fueron sencillos los preparativos, los deseos de Luzma por la travesía que implicaba ir hasta la ciudad eran nimios; con las experiencias previas, ella, inconscientemente ya se había dado por vencida y asumía su fatalidad; para su corta edad tomó una decisión que le permitiera despertar cada día sabiendo su destino e ignorarlo, algún día eso ya no pasaría, y ese era el último de sus pensamientos. Así que, ahora se le agitaba el mar de emociones, una tormenta en la que su salud y su esperanza sería la barca siempre al borde del naufragio.
Todos hicimos labor para convencerla, insistí en que ahora las condiciones serían distintas, su madre había preparado el camino y en teoría, su evaluación sería satisfactoria, pero especialmente ética, recurso que al parecer había sido escaso anteriormente.
Su negativa era rotunda, hasta una noche que quiso hablar conmigo y lanzó con puntería sus argumentos, no se contuvo en aseverar que, todos los esfuerzos no servirían para nada, su muerte era un hecho casi consumado, lo que particularmente le dolía era dejar a su familia inundada de deudas.
Tuve que recurrir a lo que con el tiempo aprendí era una mala estrategia, proponer el mejor escenario antes dilemas complejos. La enfermedad es algo voluble y caprichoso, incluso teniendo todo y todo a favor, las cosas puedes salir muy mal; la experiencia me lo enseñó con innumerables fracasos, y entonces me volví más cauto en mis pronósticos. Pero las personas somos animales a los que nos fascina tropezar repetidamente con la misma misma piedra. Cuando trataba de convencer a Luzma y recurrí a vaticinar un brillante escenario, recordé que lo mismo ocurrió en mí éxtasis tecnológico; solo vi las aristas positivas, nunca pensé ¿qué puede salir mal? hasta que todo se fue por el desagüe. Fui sincero con Luzma pero también pequé de optimista, realmente consideraba que había una oportunidad.
El día que partieron hubo muchas lágrimas, no eran una familia histriónica, pero la situación no era para menos, en ese momento todos caímos en la posibilidad de que, tal vez no se volvieran a ver, yo me había mantenido reticente ante ello, pero al verlas tan tristes, los malos pensamientos junto con mis lágrimas afloraron con contundencia.
Arrancaron con un pequeño-gran problema, entre las múltiples cosas que se debían organizar, olvidaron el teléfono de Luzma. Nada catastrófico, pero cuando su hermana lo sacó de entre las cobijas, nos vimos las caras, sabiendo que, las capacidades de Leonila para usar el dispositivo eran más bien limitadas. Lo cual se confirmó cuando le intentaron llamar para que volviera, y como era su costumbre estaba apagado. Yo me enteré hasta que volví del pueblo, donde las dejé para tomar el autobús.
Tras separarnos en la estación, mientras conducía de vuelta, mis grises pensamientos me atacaron con saña. Esas personas se habían transformado casi en mi familia, y ahora por mis consejos, los había enviado a una serie de sinsabores, sólo con mi fe de que algo más se podía hacer; a solas, manejando de regreso pensaba lo peor, y lo del teléfono de Luzma inauguraba la temporada de ansiedad. Leonor, su nieta y yo, tratamos con bastante esfuerzo de poner buena cara, pero nuestras miradas nos delataban. Intentamos retomar nuestras rutinas; bordando, viendo la pantalla llena de vídeos efímeros, o caminando por la veredas que había ido descubriendo y donde trataba de abandonar mis funestas reflexiones.
Antes de servir la cena, Liz o Lizbeth, como le decían su madre o la abuela cuando la regañaban, se iba al prado, al sitio donde de manera intermitente llegaba un poco de señal, y Leonila enviaba un mensaje de voz, con las actualización de la jornada. Este comportamiento bastante anómalo, pensamos debió ser obra de Luzma que, sabiendo que su madre podría pasarse días sin avisar nada, le debió haber instruido para que al menos antes de dormir nos informara los sucesos más relevantes y nos diera paz o intranquilidad, según el caso.
Los primeros días los mensajes eran optimistas, fuera del incordio que era el viaje y llegar hasta el hospital, siguiendo mi consejo, se apostaron en urgencias lanzando nombres de doctores, entre ellos el del director general y el supuesto amigo que las recomendaba. Tuvieron suerte porque, aunque era mi única argucia para lograr un acceso rápido a la unidad hospitalaria, ya el personal con años de trabajo no se tragaba el anzuelo. Pero para su fortuna un residente apenas en sus primeros meses en el departamento de urgencias cayó en la trampa, y al ver el correo electrónico impreso, le dio el tiro de gracia, el tener algo físico entre sus manos le hizo pensar que debía ser importante; ese fue su talismán.
Leonila y Luzma recibieron lo que en todos los intentos previos les habían negado, empatía. El residente hizo grandes esfuerzos por flanquear la decena de trabas administrativas que normalmente, y bajo pretextos absurdos evitaban el buen trabajo de los colegas. Así, las noticias nocturnas eran cortas, pero positivas. Reproducíamos varias veces el mensaje mientras cenábamos, Liz y Leonor me miraban, como si yo pudiera dar más detalles sobre las escuetas descripciones de Leonila. Intentaba imaginar lo que estaba pasando, recordaba lo que había sido estar frente a frente con los problemas de los pacientes.
Me era nostálgico y ridículo a la vez que, hubiera luchado y trabajado tanto para derrumbar eso y fincar todo un proyecto de máquinas y aparatos que hicieran el trabajo “sucio”; ahora pensaba que si no hacíamos eso ¿que estábamos haciendo?, llenar formularios, validar reglas de decisión, encarecer todo y enfriar la relación médico-paciente. No había caído en cuenta de todo ello hasta ahora, a cientos de kilómetros de distancia, en un pueblo con apenas lo indispensable. Al contar a la familia de Luzma detalles de lo que ocurría, y que yo asumía que estaban pasando; hice catarsis, lo cual me dolía bastante. Mi fracaso se fue gestando cuando me dejé llevar por la ilusión de algo efímero “la modernidad”, sin siquiera cuestionarlo.
Ingresaron de inmediato a Luzma a urgencias, y en un par de días en uno de los pisos de hospital, el que correspondía a hematología. Yo deseaba otorgarle la condecoración de la legión de honor al residente que había logrado en pocos días lo que a veces tomaba meses, llevar a la paciente con el médico que le correspondía. La salud enfrentaba a dos terrible colosos, la tecnología, una meretriz que se vendía al mejor postor, por lo general al más ruin; y la política que tenía el mismo comportamiento.
El último mensaje de Leonila fue muy corto, serio, algo triste. Simplemente nos avisaba que tenía que volver, y que Luzma se quedaría aún en el hospital, no daba más detalles, salvo indicar en cual autobús esperaba llegar, sugiriendo que fuésemos por ella.
Bonus track



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