Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 38.

Doctor Nómada (décimo cuarta parte)


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Doctor Nómada (décimo cuarta parte)

Leonila estaba muy nerviosa por la encomienda ultrasecreta de la que sólo ella y yo sabíamos. Si bien ejecutivamente no implicaba nada complejo, ella sabía que, del resultado de esa búsqueda, el futuro de Luzma podía ser diferente, básicamente estaba retando al destino, y eso la tenía muy angustiada, normalmente los designios divinos se ensañaban con ella y su familia.

Me pidió que la acompañara, como si al estar estacionado a unas cuadras del local de renta de computadoras, su labor sería más eficaz. Por supuesto acepté y me ofrecí a manejar la vetusta camioneta. Sentía que habían pasado décadas y que mis habilidades primigenias para conducir estaban atrofiadas. Desde que abandoné mi auto alimentado por gasolina al terminar la especialidad, la transportación eléctrica, asistida por decenas de sensores y asistentes de conducción semi-autónoma fueran la norma, el retorno a maniobrar con tres pedales al suelo, palanca de velocidades y un volante que transmitía sin restricciones las inclemencias del accidentado camino me hicieron padecer, y también a Leonila que al ver mi falta de talento en trayectos tan agrestes, olvidó su misión y estaba más preocupada por llegar sana y salva al pueblo.

Al detener la camioneta, los dos quedamos en silencio, como esperando que el alma nos volviera al cuerpo, y tras un par de segundos Leonila advirtió imperativamente que, de regreso ella conduciría.

Acepté agradecido, aunque me percaté de que a pesar de haber puesto en riesgo nuestra integridad física, o tal vez por ello, esta sensación de no ser un usuario en una computadora inteligente, y sí el artífice de los movimientos (muchos de ellos salpicados de impericia) de la que máquina que sólo era guiada por mis pies y manos, me dejaron ufano.

Le tomó más tiempo del esperado, así que me salí y comencé a caminar por los alrededores, no quería alejarme tanto y aunque tentado a observar la labor de Leonila a lo lejos, preferí no intervenir y dejar que el plan prosiguiera como lo habíamos planeado. Los minutos se alargaron mucho, y mis pasos también. El pueblo era apacible, pero particularmente anacrónico. Todos los avances tecnológicos que yo había experimentado con excitación durante la última década, aquí sencillamente eran inimaginable. El asombro no me abandonaba, me parecía impensable que, a unas horas en autobús de la orbe más poblada del país, la cual contaba con todo lo último, este poblado carecía de esos milagros, pero también de los elemental como médicos y hospitales.

Leonila volvía sonriente, era innegable que lo había logrado, se percibía orgullosa, pero en particular con esperanza. A pesar de que todo indicaba un éxito, le pregunté qué tal había ido todo. Me indicó que las cosas había salido excelentes, pero necesitaba un té y un trozo de pastel para calmarle los nervios, y para festejar, acoté.

Mientras nos traían las bebidas, ella atacaba con la cuchara una senda rebanada de pastel de zanahoria, al que con menos intensidad yo también acometía, por cierto una verdadera delicia. Ya tranquilizada por la glucosa bañándole el cerebro, me comentó que encontró varias direcciones de correo electrónico, les pudo escribir un pequeño mensaje de su recién inaugurada cuenta de correo electrónico, me confirmó que lo hizo mencionando la recomendación de unos de los amigos de la facultad, éramos un grupo bastante amplio y unido que tuvimos una gran amistad, y seleccione a uno de ellos como quien recomendaba a Leonila.

Desde que las interacciones sociales se daban enviando pulgares hacia arriba o corazones, y en medio de un mundo hiperconectado, donde se demostraba amistad en una milésima de segundo, estaba seguro de que esa pequeña mentira, en la que alguien que no era yo los había recomendado para solicitarles ayuda, muy probablemente fuera increíble, la gente ya no recordaba ni lo que había desayunado el día anterior, mucho menos si habían enviado algún paciente al hospital. Pasaban tantas cosas y tan rápido, que era imposible recordarlas. Lo mejor era que mientras estaba enviando correos electrónicos y localizando gente en internet, le habían respondido positivamente casi en tiempo real. Leonila no podía creer que esa inmediatez, nada sorprendente para quien ni siquiera enciende el teléfono celular.

Sacó de su bolso unas hojas impresas con los mensajes de correo electrónico, la idea de imprimirlo fue idea de ella, me dio la prueba física de su éxito y de mis suposiciones, leí que efectivamente había la clásica respuesta de quien responde al vuelo, un mensaje efímero que parece cordial y una última línea enviando saludos al colega de la facultad. Pues teníamos resuelta la primera parte de la ecuación, un lugar y una persona con quién acudir para que valorar a Luzma y Fidel.

Pagó la cuenta y salimos satisfechos, me pidió las llaves de la camioneta, ni siquiera intentó ofrecerme conducir de regreso, ya estaba ocultándose el sol.

-Ya fueron demasiadas emociones para un solo día -me dijo.

Sonreí y asentí, durante el camino el hielo entre nosotros se había derretido por completo y no paraba de hablar y explicarme con lujo de detalle, cada aspectos de nuestra misión, parecía que había descubierto el nuevo mundo. Me causó mucha gracia saber que cuando abrió su cuenta de correo electrónico, leyó en tu totalidad los acuerdos y condiciones que todos obviamos y sólo aceptamos, con razón tardó tanto. Estaba sorprendida, porque casi no entendía todos los términos, pero percibía que, podían hacer y deshacer con esa cuenta y compartirla con una lista de diez mil socios comerciales. No comprendía cómo lo que ella escribía le podía interesar a tanta gente; se sinceró y me dijo que si no hubiera sido por Luzma y Fidel no hubiera aceptado todo eso, por un momento sentí ternura de su afirmación, hacía mucho que nadie reparada en lo que ocurría en todas las cuentas que tenían para facilitarles la vida.

Llegamos a la casa prácticamente de noche y observamos que el auto de la familia de Fidel estaba estacionado, lo cual no debía ser nada bueno, ya que, mi visita estaba programada para la mañana siguiente.


Bonus track

El río chiquito de Morelia
Paradójicamente ni rio hay ahora en Malinalco
Pero si hay perra feliz de salir a correr a la montaña

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