Doctor Nómada (décimo tercera parte)
Doctor Nómada (décimo tercera parte)
Si bien es cierto que no nací en la época de los grandes avances tecnológicos; y hasta la debacle que me tiene en este pueblo; fui un apasionado de eso que parecía magia pura, y sobre la tecnología construí mi castillo, hasta que esa misma fe irrestricta casi me deja en la calle. El día que desaparecí para el mundo físico, también lo hice para su versión digital.
Algunas veces lo había intentando, aunque de manera más tímida; cuando me despertaba en medio de la madrugada y una visita al sanitario terminaba en un pequeño maratón de capítulos de series o de las transmisiones ininterrumpidas de la gente “interesante”; o cuando en alguna cena con amigos la mayor interacción era tomarnos una foto que confirmaba a los demás que habíamos estado juntos, en el mismo lugar y a la misma hora, pero ya en el auto caía en cuenta de que, salvo dos o tres temas superficiales relacionados con la comida o el último chisme de algún famoso, la mayor parte del tiempo estábamos con la pantalla en la mano, en la muñeca o los lentes. Pero bueno, mis intentos de separación digital eran bastante débiles y esas pequeñas aproximaciones eran efímeras, pero no por ello sencillas.
Una de esas epifanías ocurrió cuando en un mismo día el repartidor tocó cuatro veces en mi departamento, yo mismo lo recibí dos veces, en la mañana muy temprano y casi para dormir, ya entrada la noche, a lo largo del día lo vi por la cámara que vigilaba mi puerta y le abrí el buzón en la entrada del edificio. Esa noche tras recibir mi cena y recordar que tenía paquetes por abrir, caí en cuenta que, era la persona que más veía y más me frecuentaba. Trayendo comida, enseres para la casa, medicamentos, alcohol y un largo etcétera, ese perpetuo personaje me visitaba todos los días. Alguna ocasión intenté cambiar ese hábito, al menos un poco, ir a la tienda de ropa por algunas corbatas y camisas. Honestamente fue una sensación muy molesta, ver todas las opciones, el vendedor y su pésimo gusto mostrándome opciones que definitivamente no me agradaban, al final abandoné la tienda, y al llegar a casa, en la pantalla del asistente digital ya tenía un perfil muy detallado de mis gustos, pareció adivinar lo que necesitaba, tipo de prendas, colores y tallas, un excelente pedido que, llegó a la mañana siguiente, por el mismo repartidor que, a pesar de las ojeras y el aspectos de fastidio, me reservaba una sonrisa sincera, pensándolo con detenimiento y viendo que entregaba paquetes a toda hora, era más probable que viera con más frecuencia a sus clientes, que a su familia.
Ahora y desde hace semanas no hay ninguna antena de telecomunicaciones trazando todos mis movimientos, tarjetas de crédito sabiendo qué compro y prediciendo con gran precisión mi siguiente paso, o mi auto que tenía años transmitiendo mis rutas cotidianas, y mil cosas más que desaparecieron en su totalidad el día que en medio de la noche, ya no hubo manera de trazar mi camino. Esas miles de migajas de pan digital cesaron, siendo la última mi nombre impreso en el boleto de autobús y que fue escaneado por la máquina que registraba el acceso del camión que me llevaría hacia la incertidumbre.
Las cosas se sucedieron tan rápidamente que, no tuve tiempo siquiera de dudar, y que el destino me arrojara a la periferia de un pueblo al que los servicios, incluyendo internet, era errático, había hecho que mi deseo, o mejor dicho, mi esperanza de regresar a ese paraíso digital fuese imposible en términos prácticos. Mi mundo se redujo a lo tangible, a las limitaciones de lo que existía y podías tocar, a las palabras dichas por otras personas, de sus problemas que me implicaban directamente. Antes sabía tanto de tantas cosas, pero en el fondo, estaban en algún lado indeterminado, sin que mis decisiones o comentarios influyeran en nada, era uno de varios millones de ese espectáculo que llamábamos vida.
Ahora mi realidad estaba francamente acotada, pero tenía implicaciones y consecuencias directas, nada ocurría en lugares inimaginables que me dejaban de importar a los veinte segundos. Ahora eran tan pocas pero tan relevantes que, lejos están los días en que sabía vida y obra de cientos de personas o bots.
Es paradójico que, en el pasado sabía que podía apagar la pantalla y olvidarme de ese mundo, pero nunca lo hacía, y hoy que sé que, la vida tangible no se puede apagar, hay momentos que desearía desconectarla.
Mientras desayunaba; después de una ducha y cambio de ropa con olor a bacterias asesinas; pensaba lo que ocurría con Luzma y Fidel. En otro momento estaba lleno de contactos y “amigos” que en algo me podían ayudar, pero hoy no quería volver a encender la luz que señalaba dónde estaba, qué hacía, qué comía, por dónde camino, no quería ser detectado por mi acreedores que, estaban esperando el momento para saldar cuentas. Pero si quería ayudar un poco más a mis dos pacientes, tenía que pedir ayuda, ver si algún colega podía ofrecer alguna opción que les permitiera salir adelante. Era consciente de que, con los recursos que contaba, yo ya había alcanzado mi límite. Algunos amigos de la universidad y especialidad trabajan en hospitales que, aunque con muchas y cada vez mas frecuentes limitaciones, en algo podrían ayudar. Pero cómo hacerlo sin dar señales de vida; los teléfonos, computadoras y otras pantallas, estaban diseñadas para identificar a sus usuarios y extraer perfiles de las miles de fuentes digitales y bases de datos, donde se encontraba registrado todo lo que ocurre en nuestra vida digital, que en términos prácticos era la vida.
Las hermanas de Luzma eran las candidatas ideales, estaban enganchadas al teléfono, sólo las limitaciones geográficas les impedían estar con la retina llena de bits y bytes, pero cada que podían se escapaban a alguno de los parajes donde de manera intermitente la señal llegaba, y podían acceder a ese universo en el que todos estaban. Pero por esa cercanía era muy fácil que sus conversaciones escritas o habladas filtraran mi información y aunque parecía paranoia, la tecnología lograba extraer cada vez más datos y su poder de computo era capaz de triangular esa migajas y dar aviso a las empresas que seguramente me buscaban para saldar mis deudas.
Honestamente, más allá de ello, esa vida me había hecho bastante daño, ahora estas semanas que, aunque en situación precaria y con muchas limitaciones, estaban siendo un bálsamo. No me costaba nada tomar el teléfono y hacer una búsqueda, pero era un retroceso, un riesgo de volver al mundo que me había escupido.
Leonila se transformó en mi objetivo, apenas usuaria elemental y a regañadientes del teléfono, era poco probable que vertiera información de más, comprometiéndome. Aunque también este analfabetismo digital ponía en riesgo la tarea, encontrar los datos de contacto de uno de mis colegas que pudieran ayudarles.
En el pueblo, para sorpresa de nadie, aún existían unas reminiscencias dónde se rentaba computadoras por horas, en la actualidad casi extintos, los teléfono y bots eran capaces de hacer más cosas en la palma de la mano.
Le indique a Leonila dónde buscar y cómo; tarea ardua, ya que nunca lo había hecho e insistía en que sus hijas lo podían hace mejor. Pero entendió y acepto mis razones, que no eran todas verdaderas, que sí convincentes.
Le escribí en un papel los nombres de colegas y hospitales donde recordaba que trabajaban, al menos hasta la última vez que tuve contacto digital con ellos, confiaba que Leonila traería la información necesaria para poder canalizarles y en la medida de lo posible ayudarles.
Así que una tarde, Leonila en modo agente secreto se fue al pueblo y pasó varias horas metida en un local lleno de computadores de alquiler, rastreando información sobre quienes pudieran ayudarla.
Bonus track



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