Doctor Nómada (décima parte)
Doctor Nómada (décima parte)
Le pedí a Leonila que me mostrara los resultados de los estudios, notas o resúmenes médicos, recetas, todo lo que me permitiera tener una mejor idea de lo que le había estado pasando a Luzma; también pedí que me trajera los medicamentos con los que contaban en la casa.
La enferma se quejaba soterradamente mientras dormía, estaba tan desgastada que no reaccionó a mis maniobras de exploración, pero el dolor debía ser lo suficientemente intenso que se quejaba cada tanto.
Después de que Leonila hiciera la exposición de sus derroteros, le respondí con la verdad, no con toda, pero sí la que para ella y su familia era relevante; que yo era un médico intensivista retirado que, aunque no era oncológo ni hematológo, si había visto pacientes en la condición de su hija; evité usar la palabra terminal, no sabía que tan conscientes estaban de la situación; y que haría lo posible para que Luzma se sintiera un poco mejor. Antes de que lanzara la pregunta, le aclaré que, no tenía intención de cobrarles, y recordé que todos mis vienes estaban en la mochila que deje apoyada en el piso del corredor, ojalá no fuese yo quien llevara una ingrata sorpresa.
Leonila aceptó desconfiada mis argumentos, seguramente deseaba, pero se inhibía, preguntar los detalles elementales; y antes de que se animara, pedí las cosas que ayudarían a entender mejor todo el panorama.
Me quedé solo con Luzma, dolía verla en ese estado, cualquier adolescente de esa edad estaría experimentando la transición biológica que expone los atisbos de lo que será su vida futura. Pero ella estaba en un estado muy avanzado de la enfermedad, emaciada, con las salientes óseas cubiertas con almohadillas para evitar que se ulcerarán, a pesar de que lubricaban y cuidaban la piel con frecuencia, era pálida y opaca, con moretones aleatorios que se negaban a desaparecer, la ausencia total de pelo ocultada con una pañoleta llena de colores, era lo único alegre de toda su situación. No se necesitaba ser un especialista para saber que Luzma estaba en sus últimos días.
Mientras pensaba qué podría hacer con el dolor de la paciente y las esperanzas de su familia, entraron Leonila y la gemela de Luzma, con una caja de cartón llena de medicamentos y un par de carpetas con los documentos médicos.
Había trabajo para un buen rato, así que lo primero era ver si encontraba algo para reducirle el dolor. Ese síntoma era la moneda de cambio en las grandes desgracias, el ejército que lidera una guerra de baja intensidad, dilapida la poca energía del paciente, además mina el ánimo y la fé de todos. Durante los primeros semestres en la facultad de medicina te repiten hasta el cansancio que, el dolor es una respuesta de defensa; conforme el mundo de las enfermedades y sus vicisitudes se van abriendo camino, no puedes dejar de pensar que, en no pocas ocasiones, el cuerpo y sus reacciones sólo buscan traicionarnos. Luzma era el claro ejemplo, su médula osea se volvió loca, como adicto a la cocaína, hacía desmanes en su sangre, dejándola inservible, lista para ser presa de los miles de adversarios microscópicos que nos rodean, en espera de una oportunidad y deshacerse de nosotros.
En esa caja había de todo, era claro que habían pasado por un sín fin de médicos, muchos y malos, varios desorientados, y los menos, con alguna idea de cómo ayudar a la paciente. Las recetas eran huellas digitales que indican el saber o la ignorancia de quien las escribe, se notaba con que poco estudio algunos salían a la calle a atender pacientes. Medicamentos caros y baratos, sustancias que la historia había demostrado su ineficacia; la caligrafía famosa de los galenos que más parece ocultar delitos de analfabetismo; fármacos que no deben mezclarse, mecanismos de acción similares que sólo suman efectos adversos. Paradójicamente lo mínimo que necesitaba estaba ahí, pero la combinación adecuada no estaba escrita en ninguna receta, lo cual me dio una sensación agridulce, por un lado tenía campo de mejora y podría ayudar, pero por otro, me imaginaba todo lo mal que lo habían pasado todo este tiempo.
Le pedí papel y pluma para poder organizar los medicamentos y su administración. Pero antes tenía que establecer una idea clara de las circunstancias, aunque una idea ya tenía, hay pocos diagnósticos tan abominables a esa corta edad. Decenas de notas y estudios de todo tipo, era terrible ver la cronología del camino accidentado, y no pocas veces contradictorio que habían cruzado. Sé que a “toro pasado” es muy fácil opinar, pero qué difícil les fue encontrar a alguien con la mínima lógica que les orientara el diagnóstico y por supuesto, el tratamiento; era evidente la persistencia de la familia que, se levantaba tras cada tropiezo patrocinado por mis colegas. Más fácil hubiera sido decir no sé, tampoco es un caso fácil, y no hacerles perder tiempo, dinero y esperanzas.
Cada tanto le preguntaba a Leonila detalles de los eventos médicos para rellenar los huecos y develar las mentiras, errores, entre otras desgracias que albergaban esos documentos. Conforme avanzaba veía que la madre de Luzma cooperaba con más confianza, creo que tampoco le habían dado oportunidad de hablar, y menos de ser escuchada, en esas consultas cronometradas poco se puede dialogar.
No supe cuánto tiempo pasó, pero el suficiente para que la abuela entrara con dos vasos con agua y Leonila aprovechara para ir al sanitario. Leonor se sentó en la silla que había usado su hija y mientras me tomaba el agua, disparó sin sutilezas
-¿Cuánto le queda a mi nieta?
La pregunta me tomó desprevenido, denotaba que la vida le había enseñado a identificar las causas perdidas, pero también a a intentarlo todo.
-Ya revisé todo y además de que su enfermedad es muy agresiva, su cuerpo y sus fuerzas están muy deteriorados.
La anciana escuchó como si lo supiera, y con el rostro impertérrito, la mirada la traicionaba, aunque se estaba desplomando, esa lágrima nunca se desbordó. Fui honesto, pero tampo crudo, ya la habían pasa mal, ni el maltrato ni la condescendencia eran un trato justo. Le expliqué que ese tiempo nadie lo sabía exactamente, pero sin duda sería poco, y dado eso, le propuse que hiciéramos todo para que tuviera las molestias más controladas, pudiera comer un poco mejor, esperando que se animara, y el resto, era impredecible.
-Entonces no hay ninguna esperanza ¿verdad? -tiró su último cartucho
-Aún estando en el mejor hospital y con los mejores tratamientos, apenas lograríamos unos pocos meses más -en ese momento mentí, existían algunas posibilidades pero hasta para a los que les sobran los recursos económicos son inaccesibles. No veía la necesidad de dejarles grabado en el corazón que su condición, un sistema de salud cayéndose a pedazos y una ciencia interesada primordialmente en el rédito financiero, eran los responsables de endosarles una culpa indeleble por la muerte de Luzma.
Bonus track



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