Doctor Nómada (décimo primera parte)
Doctor Nómada (décimo primera parte)
Las cosas sucedieron bastante rápido, tras conseguir controlar el dolor y realizar ajustes en los líquidos intravenosos que se administraban a Luzma, la fuerza de su edad ayudó para que comenzara a mejorar poco a poco, nada de cambios milagrosos. Pero se había logrado asentarle el estómago y paulatinamente comía un poco más; un gran logro fue que se mantuviera sentada buena parte del día, con lo que, ahora ya podía salir de su habitación y mantenerse casi todo el tiempo en el comedor, para ser participe de la vida cotidiana. Cuando consiguió recuperar fuerzas para que con ayuda pudiera acudir al sanitario y por fin retirarle el pañal que documentaba su incontinencia, fue motivo de fiesta.
Al principio dudaron, cuando reduje a lo indispensable la interminable lista de medicamentos que la inundaban de efectos adversos, y el resto del cuidado se basaba en la rehabilitación y encontrar la manera de alimentarla adecuadamente; mientras no se volviera a infectar, existía la posibilidad, no de una cura, pero si de un restablecimiento que le diera a todos un suspiro en espera de lo inminente.
Yo me instalé en la casa de la abuela Leonor, aunque los primeros días insistí en quedarme en uno de los hoteles que había en el pueblo, mi permanencia de casi todo el día en la casa y la persistencia de ellas por pagar mi estancia, sabiendo que los recursos no sobraban, me hicieron aceptar el cuarto que usaban como pequeña bodega que, con algo de limpieza y un mobiliario mínimo, se lograba decencia y comodidad para pasar la noche.
Durante el día ya tenía establecida la rutina de cuidados de Luzma que, junto con su abuela lográbamos llevar atenta y pacientemente. Por supuesto que el tiempo me sobraba, incluso después de convencerlas para que les ayudara a realizar actividades en la casa, ya que nunca aceptaron que les pagara por la estancia y la comida; así mi rutina estaba establecida a las pocas semanas. Fuera de la paciente y las actividades domésticas, el tiempo, por primera vez en décadas, dejó de ser un bien limitado y lleno de distracciones. Mi cuerpo y mi mente necesitaban un sucedáneo a la hiperestimulación y multiactividad a la que estaba habituado. Al principio temeroso, comencé a caminar por los alrededores de la casa, con el paso de los días y con más confianza esas caminatas se fueron adentrando en el bosque que me rodeaba. Cuando mis anfitrionas se dieron cuenta que los paseos se dilataban, me dieron algunas recomendaciones sobre la lluvia y los truenos, evitar que me sorprendiera la noche en medio de la nada y, lo más importante, alejarme de las propiedades que se encontraban anormalmente protegidas o incluso custodiadas, era mejor no saber lo que ahí ocurría.
Esas caminatas fueron mi terapia, poco a poco y con muchos kilómetros de por medio, las ideas y mis sentimientos se comenzaron a desenredar, conforme iba reconociendo brechas y caminos entre los árboles, me desahogaba; no encontré respuestas pero, todos los sinsabores se fueron macerando paulatinamente.
Una tarde al volver, siempre antes de que el sol se ocultara, vi una camioneta estacionada fuera de la casa, lo cual me pareció extraño; desde que llegué nunca había habido visitas. Deseé que nada malo hubiese pasado; Luzma estaba razonablemente estable y mejoraba lo poco que la leucemia le permitía y lo mucho que los cuidados de su familia le prodigaban. Pero sabía que la abuela aunque fuerte era una candidata ideal para que las desgracias se ensañaran.
Apuré el paso y entré con sigilo a la casa, Leonila y Leonor, con otras dos mujeres que, representaba una familiar similar, abuela y madre, estaban sentadas a la mesa con cuatros jarros con café humeante y caras demasiado largas. Al verlas dirigí la vista a la abuela, que se adelantó a mis presentimientos.
-Luzma está dormida doctor -dijo para tranquilizarme- ¿se puede sentar con nosotras?, estas personas quieren hablar con usted.
La abuela Leonor me presentó con ellas, y me ofreció disculpas anticipadas, por el atrevimiento, pero sus amigas tenían un paciente muy grave y no sabían qué hacer.
Explicaron que, desde que llegué la gente sabía que era médico; lo cual confirmó mi creencia de que las noticias se regaban como pólvora; y el esposo de la anciana estaba muy enfermo, ya se lo habían desahuciado en todos lados, y se rumoreaba en el pueblo que yo había curado a Luzma.
-Le pedimos que nos ayude, mi marido está sufriendo mucho y no sabemos qué hacer -dijo la anciana completamente derrotada.
No quise aclarar la situación de Luzma, tampoco era momento de recordar que el destino era terrible. Y a pesar de que tenías varias justificaciones para negarme, la cara de las mujeres tiraba por la borda cualquier argumento, no tenía elementos para dejar de ayudar al patriarca de esa familia.
Esa ocasión regresé ya muy avanzada la madrugada, lo primero que hice fue entrar a la casa para ver cómo seguía Luzma, desde mi llegada nunca la había dejado tanto tiempo. A pesar de la hora, la abuela Leonor estaba en la mesa esperando con un bordado entre las manos. Al verme me preguntó si quería cenar, hubiera querido negarme y no dar molestias, pero moría de hambre y de fatiga. En silencio me sirvió lo de siempre, que siempre era exquisito, aunque con tanta hambre me supo a gloria pura. Ella se mantuvo en silencio mientras llevaba las cosas a la mesa, rellenó su jarro de café y se sentó a mi lado.
-Muchas gracias doctor, sé que me dijo que ya se había retirado, pero se le está yendo el marido y nadie los ayuda, ni siquiera a bien morir.
La tranquilicé, le dije que no se preocupara, efectivamente su situación era muy complicada, y que haría todo lo posible por ayudarles. Igual aclaré que mis cuidados con Luzma seguirían como hasta ahora. Leonor me agradeció y bendijo en múltiples ocasiones; al terminar de cenar o desayunar, no sabía muy bien, se levantó a recoger las cosas y me mandó a dormir, ella continuaría bordando un rato más, los fantasmas le habían espantado el sueño.
Ya en mi habitación me tiré sobre la cama, estaba rendido; me quedé dormido sobre la cobijas, no supe hasta que hora desperté pero, la luz me pegaba en la cara con persistencia, el olor en la habitación era penetrante, cuando llegué, el cansancio me venció, pero hoy era evidente que mi ropa, mi cuerpo, toda esa habitación estaba inundada de ese olor a miasma y muerte, que me traje de casa de aquel viejo moribundo.
Bonus track



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