Relato – Doctor Nómada (sexta) | Bonus track
Doctor Nómada (sexta parte)
Pasaron varios minutos, más largos de lo deseado, que sirvieron para que los viajantes comenzaran a barajar hipótesis sobre lo ocurrido. Nadie se animaba a abrir la puerta del compartimento para entrar a la cabina del chofer, quien había bajado para ver lo ocurrido. Las historias y tal vez alguna experiencia les habría enseñado que, era mejor no ir al encuentro con el destino.
Mi vecina de asiento cada tanto me tranquilizaba, siento que se lo decía a ella misma, yo asentía para no sumarle un fracaso más a sus buenas intenciones.
Las luces interiores seguían apagadas, pero todos los pasajeros estábamos bastante nerviosos. Al final se abrió la puerta y el chofer nos anunció que, el sistema eléctrico se había descompuesto e irremediablemente teníamos que esperar a que otra unidad viniera por nosotros y nos llevara a la población más próxima. Nos recomendaba mantenernos en nuestros lugares, porque afuera el frío “estaba bravo”.
Parece que mi compañera de asiento había escuchado otra serie de instrucciones, totalmente opuestas. Se retiró la cobija y acomodó el asiento para levantarse.
Yo estaba confundido mirando al resto de pasajeros para ver si podía intuir lo que estaba pasando. Pero todos permanecieron en su lugar, sólo la anciana que hasta hace unos minutos roncaba heroicamente parecía deseosa de desobedecer al chofer.
Le pregunté si deseaba ir al sanitario. Intentando que la voz no transmitiera lo que su cara evidenciaba, me comentó que, debía bajar y sacar el medicamento que había acomodado en el portaequipaje al inicio del viaje, con el calor de la cabina y la incertidumbre sobre cuándo llegarían por nosotros, los congelantes que lo albergaban se iban a derretir y la medicina se iba echar a perder.
Ya casi para levantarse, le pregunté si podría revisar el contenido, ya que, tal vez aún estaba en buenas condiciones. Me miró dubitativa, pero asintió.
Efectivamente los congelantes aunque fríos no durarían mucho más, cerré cuanto antes la hielera para evitar que el calor se internara. Ahora no tenía dudas sobre su contenido, no entendía por qué una anciana trasladaba a un lugar perdido, un fármaco tan costoso, que además era casi imposible se vendiera al público directamente.
Me miraba cómo a quién le han descubierto un secreto, uno muy importante. Pero antes de que yo le pudiera hacer cualquier pregunta, inquirió.
-¿Usted es doctor, verdad?
Ahora ambos lucíamos contrariados, nuestras cartas estaban expuestas sobre la mesa. Dado que, la mejor defensa es escapar, me ofrecí a sacarlo a la intemperie, con la temperatura tan baja, seguro se mantendría bastante frío. Asintió con la cabeza y antes de que me diera recomendaciones, me levanté del asiento, busqué la chamarra que llevaba y me preparé para salir. Le dije que no se preocupara, me quedaría afuera con su cargamento para evitar cualquier sorpresa.
Me recibió un aire más gélido que la inhóspita oscuridad, sólo estaba el chofer con una lámpara, apresurado, colocando señalizaciones que parecían innecesarias, la carretera era silenciosa, únicamente el viento alrededor nos acompañaba. Al terminar su labor y ver que me planeaba quedar afuera, mi sugirió que regresara a la unidad o me iba a congelar. Le agradecí, comenté que no se preocupara, que me gustaba salir a estirar los pies y no era friolento.
Antes de abandonarme echó una última mirada y dado que seguía en la oscuridad buscando un sitio dónde apoyar la hielera, cerró la puerta manualmente y se apoltronó en su asiento.
Yo, con bastante timidez daba unos pasos hacia la oscuridad, buscaba un sitio donde el aire no golpeara tan fuerte. Encontré unas piedras en donde podía sentarme. Las advertencias del chofer eran ciertas, el aire helaba hasta los párpados, así que cada tanto caminaba un poco para no congelarme.
No hacía falta que volviera a abrir la hielera, sabía que ese medicamento se usaba para tratar algunos tipos de cáncer. En el hospital usábamos terapias más modernas, pero aún así el contenido de esa caja era extremadamente costoso, y sin duda, quien fuera a recibirlo no se encontraba en buenas condiciones.
Estuve bastante rato entre caminando y sentado, resistiendo el frío, el aire se me filtraba en la cabeza, y en medio de la soledad, los acontecimientos de los últimos meses se me arremolinaban, no había tenido tiempo de pensar, sólo tomaba decisiones sin mucha reflexión. Ahora congelándome en medio de la nada intentaba encontrarle orden a mi vida.
Se observaron luces al interior del autobús, seguramente el teléfono de algún pasajero. Al poco rato bajó mi vecina de asiento, con bastante lentitud y mejor arropada que yo, descendía por las escalera a mi encuentro. Se dirigió despacio, directamente a donde estaba su medicamento, seguramente me había estado vigilando todo este rato.
Se acercó lo suficiente para estar segura de que el viento no se llevaría sus palabras.
-Muchas gracias por ayudarme doctor -la seguridad con la que me recordó mi profesión fue ocultada por la oscuridad-, a mi nieta no le funciona la sangre, desde hace meses se nos está muriendo y como tampoco funciona el hospital, la llevamos con un especialista y nos recomendó ponerle esta medicina, es muy difícil encontrarla y hemos estado vendiendo todo lo que tenemos, a retazos para costearla. Cada vez que se la ponemos parece que se va a morir, pero solo así se nos ha mantenido viva.
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