Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 36.

Doctor Nómada (décimo segunda parte)


Doctor Nómada (décimo segunda parte)

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Desde hace más de 200 años, cuando la ciencia aún no guiaba el camino de la medicina, se pensaba que las enfermedades eran transmitidas por los olores a través del aire, después se supo que cuando las bacterias crecen indiscriminadamente en tejido muerto forman un zoológico que, al descomponer piel, grasa y músculos, generan algunos de los olores más desagradables, avisando así de la gravedad de los enfermos.

Durante toda mi formación en la universidad y posteriormente ya trabajando en hospitales, nunca me había enfrentado a un olor, o mejor dicho, a una mezcla de olores tan profundamente desagradable, como la de Fidel, el anciano para el que me habían pedido ayuda.

Desde el momento que bajé del auto; al que le tronaba todo, amenazando con dejarnos varados en medio del monte y de la noche; el olor de los alrededores de la cabaña donde habitaban la anciana esposa, su hija y tres nietas, era particularmente llamativo. Inicialmente una mezcla entre vegetales en estado de descomposición con fondo dulzón; rápidamente fue condensándose y enrareciendo, despertando la nausea que milagrosamente no culminó en vergonzoso vómito. Este terrible olor solo podía ser maridaje de dos condiciones, la extrema pobreza y un proceso infeccioso desbocado.

Tras introducirme en la cabaña, ambas hipótesis fueron confirmadas. Era un cuarto redondo; como decía mi madre para expresar la falta de divisiones y de todas las condiciones humanas que permiten la comodidad y privacidad. Ahí estaba Fidel, de quien ya en el camino me habían comentado a grandes rasgos lo que había pasado, le habían amputado la segunda pierna para controlarle la infección que le había patrocinado una diabetes que había ignorado de manera rotunda.

En teoría iba preparado para el escenario clínico que me habían contado. Pero la realidad siempre supera a la imaginación más prolífica. Supuse que de todas las camas en ese monoespacio, aquella con un montículo era donde estaba el paciente, mientras daba los tres pasos para verlo seguía luchando por no vomitar, y me preguntaba cómo podían vivir, comer, o dormir ahí, con el olor a muerte y putrefacción forrándoles los poros. Levanté la cobija y por un segundo no supe si lo que estaba en esa cama estaba vivo o no.

Fidel sin duda había sido un hombre más bien bajo de estatura; de esa complexión que confirma el hambre sufrida por generaciones; estaba hecho un ovillo, envuelto en semanas de sudor y polvo en la piel, deformado por la ausencia de ambas piernas, consumido y atrofiado por la falta de comida y movimiento. Inerte a mi presencia y la de su entorno, era como para romper a llorar, ¿cuál es el fondo qué puede tocar una persona cuando la pobreza y el abandono se ensañan?

Apenas sus quejidos sutiles me permitieron saber que estaba vivo. No sabía por dónde empezar, un baño hubiera sido buena idea, seguido de quemar esas cobijas que albergaban muerte y podredumbre; intenté moverlo para poder hacer una revisión general, pero al intentar desatorar su brazos contraídos, sus gritos además de hacerme brincar de miedo, indicaban que su cuerpo esta estaba anquilosado; semanas o tal vez meses tirado en una misma posición habían ocasionado que sus músculos y articulaciones se amalgamaran, impidiendo el movimiento natural, fijándolas en esa posición, esperando la muerte. Tras mi fracaso, me enfoque en revisar la pierna en cuestión. Envuelta en vendas sucias que denotaban su larga vida, permeaban un líquido amarillento, que me hizo añorar un par de guantes de látex, observé a mi alrededor para ver sí como en el caso de Luzma, todo estaba adaptado para luchar contra su enfermedad, pero no era el caso, todo indicaba que sólo el tiempo y el abandono determinarían el destino de Fidel.

Fui retirando los vendajes del muñón de su muslo, de ese pedazo de extremidad del que en teoría anclarían una prótesis, pero que en este momento era un pedazo de hueso negro, rodeado de una piel y músculos inertes del que se supuraba líquido viscoso, purulento, lleno de burbujas, dándoles un aspectos espumoso; ese sólo hecho hacía evidente que las bacterias que lo habían invadido eran de las más agresivas, con una gran capacidad de destrucción.

Todos los miembros de la familia me miraban asombrados, para ellos esa extremidad operada, era un lugar sacro, tanto que la pus y el tejido muerto eran sus únicos inquilinos. Me armé de coraje y desde la pelvis comencé a presionar el muslo de Fidel, prácticamente solo piel y hueso, hasta llegar a la mitad, donde comenzó a crepitar, como si jugara con burbujas de plástico para embalar objetos, el gas invadía sus tejidos, se filtraba hasta lo más profundo del remanente de su pierna. Sabía que todo eso trozo de muslo estaba muerto, así que, tome valor y la familia pavor, cuando comencé a presionar con más fuerza; la ausencia de respuesta en el paciente me daba la razón, eso que antes fue carne, vida y movimiento, estaba muerto, sin nervios que transmitieran dolor; ahora era un festín para las bacterias. Me ensañé y comencé a exprimir lo más posible todo el contenido, drenaba tanta pus, que compartí el asombro de la familia, era imposible que ese trozo de pierna muerta almacenara tanta pudrición.

Al término de mi trabajo, y habiéndome embarrado las manos de lo impensable, les pedí que calentaran agua en el fogón del patio para bañarlo, tarea que sería tan imposible como necesaria. Mientras organizábamos las cosas y tras lavarme las manos en el lavadero del patio con el estropajo de fregar trastes casi hasta la sangre, comencé a hurgar en la caja de cartón que, como en el caso de Luzma y su familia, estaba llena de medicamentos.

Ya bastante avanzada la madrugada, conseguimos bañarlo, cambiar los vendajes podridos por unos trapos viejos, pero limpios para envolver lo que quedaba de muslo. Logré encontrar una combinación de analgésicos y antibióticos que al menos ayudara moverlo y sacarlo de la cama, y lidiar; imposible ganar; con la infección, para ganar tiempo y ver si algo se me ocurría para poder ayudarlos.

Cuando el cansancio me ganaba, y ya no percibía la peste en la habitación, pedí que me llevaran de regreso, les dejé algunas instrucciones para el cuidado de la herida, y prometí volver en un par de días; sin saber que no cumpliría esa promesa.


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Moka acompañándome a ver La Vuelta

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