Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 17.

Relato – Como te ven te tratan | Poema – Mis amigos los poetas malditos – Rolando Gabrielli | Reseña – El monte de las furias – Fernanda Trías | Frase robada – Santiago Alba Rico | Bonus track – Espergesia – Cesar Vallejo


Como te ven te tratan

Seré sincero, no sabía si tocar este tema o no. Se presta a miles de prejuicios, estereotipos, racismos, entre otras tantas formas de discriminación.

Pero si uno decidió autoalojar su blog es para tener libertad, pero también responsabilidad de sus palabras. Aclaro que esto no es un ensayo, sencillamente es algo que me ha estado molestando los últimos meses y así que me decidí a escribirlo.

Le dí este título porque haciendo memoria, la primera referencia que tengo del tema data de mucho tiempo atrás. Cuando era muy pequeño, pienso que entre los seis y diez años, casi seguro que a consecuencia de mi pertinaz deseo de no limpiar mis zapatos para la escuela, en casa me decían la fatídica frase. Pero no piensen que desde la perspectiva del ejecutor, sino del ejecutado. Mi condición económica me hacía susceptible de verme juzgado por la forma en que me vestía, en particular por los que tenía los medios para vestirse con muchos más recursos.

Si me pongo muy emotivo considero que para nada era buena idea decirle eso a un infante, pero entiendo que a ellos les aplicaran esa regla y buscaban domar mi rebeldía, para evitarme sinsabores en el futuro, pero les voy avisando que no funcionó del todo.

Sin embargo, este fracaso tuvo latencia. Pienso que hasta la pandemia el mantra racista funcionó, y traté en la medida de mis posibilidades de adherirme a los usos y costumbres de apariencias que mi entorno dictaba, con bastante poco éxito ya que, para sorpresa de nadie, nunca me he sentido genuinamente atraído a dedicarle tiempo y dinero a mi apariencia personal, intentaba solo cumplir, pero sin expectativas. Obviamente en algunas ocasiones recibía comentarios “bromistas” sobre mi desinterés en demostrar un gran, o al menos mejor, estatus socioeconómico a través de mi atavío. Pero bueno, quién me manda meterme donde me meto.

Pero volviendo a la pandemia. Tres cosas sucedieron: se relajó la etiqueta entre el gremio médico ya que todos usábamos uniforme quirúrgico (aunque al paso de los años, otra vez los pasillos parecen pasarelas); me adentré profundamente en la literatura, labor que confirmaba mis convicciones antes el postureo y su papel de control social y alineación; y alcancé cierta estabilidad económica y profesional, dotándome de seguridad que no dependía de florituras.

Estas tres variables se amalgamaron para que fuese una anacoreta, misántropo y nihilista, con una amplia y notable excepción, mis pacientes, mi leitmotiv; el resto de mis actividades son accesorias. Fuera de la relación médico-paciente, que tampoco requiere de grandes adornos gracias a la bendita bata, sí que me he ido olvidando de cumplir con las normas de apariencia que de mí se esperan, y me he ido mudando a sus antípodas, obvio dentro de ciertos límites. Pero si he notado cómo en congresos científicos, reuniones de trabajo, actividades de “integración” laboral y otros eventos académicos; este desinterés sobre mi apariencia causa una especie de rechazo y porque no, un sutil racismo. Cumpliéndose así de manera profética las palabras escuchadas en mi infancia “como te ven te tratan”, o al menos te tratan diferente. No niego que en más de una ocasión si me afectó este comportamiento, pero a todo se acostumbra uno, y desarrollé un alto sentido de la ataraxia.

Este desenfado primero fue en lo verbal, después en la apariencia y recientemente en el tipo de compromisos que tiendo a aceptar.

En estos momentos se estarán preguntando ¿por qué si tan a gusto está, viene a hacer catarsis en Mi Perra Vida? Pues porque hace unos días tenía que dar una conferencia organizada por la Academia Nacional de Medicina, y me pareció razonable alejarme del aspecto fodongo y desembarazado, para ponerme saco y corbata, tampoco nada del otro mundo.

Así ataviado de tan extraña manera, muchas personas manifestaron su aprobación, que entiendo era con buenas intenciones (o no), pero eso no deja de confirmar el título de esta entrada en mi blog.

A partir de entonces he estado pensando cómo buena parte de mi círculo laboral invierta cantidades ingentes de tiempo, trabajo y dinero en mantener un estatus y apariencia para que los traten bien.

Honestamente no planeo dedicar más horas al trabajo, que ya de por si parezco malabarista, ni planeo que los pacientes paguen mis inseguridades de las que se aprovecha la sociedad de consumo. Y no puedo negar que al estar consciente de esta situación mi forma de postureo también es una expresión de motivos.

Así que, ni se emocionen, este fodongo seguirá llegando en bicicleta a trabajar con los mismos trapos que de costumbre.


Mis amigos los poetas malditos – Rolando Gabrielli

Mis amigos, los poetas malditos,
lo dieron todo por la poesía,
no tengo palabras para explicarlo,
siguieron su feroz instinto día a día,
no transaron en ningún momento
con sus ideales, su vida, su poesía,
no se hicieron querer por el poder,
como dijo Enrique Lihn sin anestesia,
no fueron bufones, ni diplomáticos,
ni adictos a los premios de ocasión
ni oficiales, o a becas internacionales.
Fueron poetas que no se escondieron
detrás de las palabras, dijeron
lo que pensaron, lo que corría
por sus venas, fueron fieles a su tiempo,
a sus sagradas palabras que acompañaron
paso a paso sus días, los años intangibles
de unos sueños inconfesables.
Les agradezco haber compartido
el rayo misterioso de la poesía.


El monte de las furias – Fernanda Trías

Ante un mundo hostil, incomprensible, donde todo te da la espalda. Donde la historia de quienes te precedieron te persigue y se convierte más que, en una herencia, en un saco que debes arrastrar como un lastre. En este escenario el ostracismo no parece descabellado. Especialmente cuando tu destino, de un modo u otro, dialoga contigo sin prejuicios. Bajo estas circunstancias la montaña, personaje vivo y participe de la novela, impone reglas elementales de convivencia, que por mucho son preferibles a las canónicas socialmente determinadas.

La montaña y la montañesa (nuestras protagonistas) hablan. La humana escribe de manera catártica, sin más alcances, sólo ahí se entrega de algún modo y descarga el peso que la somete. La montaña por su lado observa, pero comprende o al menos lo intenta, pero lo más relevante es que siente y es consciente del daño de la humanidad.

Hasta que un día aparecen cuerpos sin vida, a los que hay que cuidar (porque también lo que no tiene vida hay que cuidarlo). El significado y veracidad de este fenómeno es una herramienta muy interesante de la novela, ya que es el cartapacio que nosotros podemos rellenar.

Estas apariciones mortecinas se torna la sustancia de aquello que nos vuelve humanos; no las máquinas, la religión, el dinero, ni siquiera el amor; tan sólo el cuidado del otro, incluso en los últimos momentos, donde la cruda realidad indica que, ante el evento final ya nada es relevante. Incluso ahí, o más bien ahí ante lo contundente, la alteridad se torna un valor revolucionario y por lo tanto susceptible de ser aniquilado.

Es una novela interesante que, explora recursos para subrayar sus intenciones, y que nos enfrenta con la naturaleza, pero en especial con su némesis, nosotros mismos.


Frase robada – Santiago Alba Rico

Al lugar donde vivimos podemos llamarlo realidad; al lugar donde se decide nuestra vida podemos llamarlo verdad.


Bonus track

Macchiato defendiéndome de mi fobia, los pulpos.
Esta foto me dejó confundido (lo cual no justifica su desenfoque), si algo así se viera en Berlín pensaríamos que, es una instalación de algún artista de vanguardia. Me gustaría saber si ningún infante salió lastimado, o de dónde sale es silla. Y lo más importante cómo llegó ese carrito de juguete a una vía de alta velocidad. En fin, enigmas de la Ciudad de México.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *