Relato – Doctor Nómada (octava parte) | Bonus track


Doctor Nómada (octava parte)

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Ya casi amanecía, el sol irrumpía los tonos grises entre la montaña y la neblina, en la parte de atrás de la camioneta se sentía con más furia el terreno accidentado. La mujer que conducía hacía su máximo esfuerzo por evitar agujeros o grandes rocas, pero era una tarea imposible.

Cada tanto la anciana la tranquilizaba, le decía que no se apresurara tanto, la medicina se había mantenido fría, gracias a mí. La conductora miraba con cierto recelo a través del espejo y asentía despacio.

Aunque absurdo intentaba memorizar detalles del camino, desviaciones del sendero, la aparición del bosque, alguna milpa que, indicaba nuestra cercanía con el poblado; como si me fuera a servir en caso de tener que escapar.

Ya con la noche en el pasado, comenzamos a entrar al pueblo, no sólo un caserío y perros ladrando a nuestro paso nos lo hizo saber, tres pitidos indicaron que, los teléfonos celulares volvían a tener señal. La conductora volteó rápido a ver lo que hacía, y me dijo que si quería mandar mensajes o avisar a alguien, era el momento porque en su casa no siempre hay cobertura. Eso me tranquilizó un poco, al menos no evitaban que informara de mi situación, aunque al final era una idea efímera. Le agradecí e indiqué que, estaba bien así.

La casa de mis anfitrionas estaba en el otro extremo del pueblo, por lo que pude echarle un vistazo rápido. Hacía mucho que no me alejaba de mi entorno citadino, aquí parecía que el tiempo no había pasado, era muy similar a lo que en mi infancia y adolescencia conocía. Iniciando con caseríos aislados, los más humildes, que se tornan mas densos hasta acomodarse al perfil de las calles, ya con mejores materiales llegaban hasta la calle principal, que nos arrojó a un pequeño zócalo, amparado por la iglesia; y a partir de ahí se iba invirtiendo el orden de las cosas.

La anciana me preguntó ¿si necesitaba algo?, por un momento pensé que era una pregunta filosófica, transcendental, por que hacía meses que lo único que deseaba era certidumbre, pero eso no se vendía en ningún lado. Le respondí agradeciendo, indicando que, estaba bien así.

Dejamos atrás el pueblo y volvimos a sufrir de un camino maltrecho, seguíamos un laberinto de caminos angostos sin indicaciones que, nos fue metiendo a una zona boscosa, hasta llegar a un muro de piedras encimadas y una reja de madera indicando en medio de la nada, la propiedad de ese terreno, a los pocos metros un par de perros se cansaron de ladrarnos.

Al detenerse la camioneta enfrente de la casa, no sabía que hacer, espere a que bajaran la adolescente a mi lado que, se mantuvo viendo el teléfono mientras hubo señal, entonces abrí la puerta y los perros se lanzaron a mi encuentro, dejándome paralizado tras sus gruñidos y el pelo erizado.

La anciana bajaba con la ayuda de su hija, mientras me tranquilizaba, y llamaba a los animales, los justificó diciendo que casi no recibían visitas. Ante dos o tres palabras de cariño, las mascotas se tornaron sumisas y recibieron a la abuela batiendo sus colas con entusiasmo. Otra adolescente nos esperaba, recibió con un beso a su madre y abrazo a la madre de su madre, reprochándole su preocupación.

Yo me quedé de pie observando la escena al lado de la camioneta. Me invitaron a pasar, la casa era en extremo austera, con un mobiliario que no negaba su origen local, ni su edad, pero tibia e impoluta. Seguí los pasos lentos de mi anfitriona y me senté frente en la mesa del comedor. La madre de las adolescentes en silencio, se dirigió a una de las habitaciones, apresurada, todos sabíamos que iría a ver a su hija enferma.

Nos sirvieron café humeante, y me preguntó la nieta si deseaba algo más, mientras me acercaba una pequeña canasta con pan después de que la abuela tomara una pieza.

La combinación de café diluido endulzado con piloncillo y canela, y ese pan que denota la devoción de su creador, me supieron a otra época, a una sin preocupaciones ni responsabilidades.

Miraba los retratos sobre el trinchador, había varios hombres, algunos matrimonios, su hijas y las tres nietas pequeñas. Mientras se enfriaba el contenido del jarro de barro, me contaba un poco las historia de su familia, así como la de esos hombres ausentes ahora, algunos habían muerto, pero uno de sus hijos y su yerno se habían ido a Estados Unidos y cada tanto mandaban dinero, y con menos frecuencia, alguna foto o carta dirigida a la abuela.

El relato se interrumpió cuando la madre las adolescentes, salió de la habitación y le comentó a la abuela que la enferma estaba un poco mejor. Eso me sirvió para recordar que esto no era una visita social, y pregunté si podía ver a la paciente. La abuela asintió mientras intentaba levantarse de la silla, su hija la detuvo y me indicó que la siguiera.

Entramos y ella cerró la puerta, dejándome avanzar pero cuidando mis movimientos. La habitación olía a esa mezcla que conocí en mis años de estudiante, entre muerta aséptica y desinfectantes. La paciente dormida, agotada con movimiento sutiles y superficiales del pecho, se encontraba como en una habitación del hospital, con suero adherido al brazo, medicamentos en los taburetes, material de curación y recipientes para sus necesidades. Todo indicaba que la enferma no se podía mover y que estaba pasándola mal, por los quejidos ahogados pero constantes que emitía.

Me sentía como un invasor, sabía que estaba ahí sólo por el deseo de la abuela, tenía miedo ante el reto de no saber a lo que me enfrentaba, pero tenía que hacer lo que hacía décadas me habían enseñado, y que utilizaba cada vez menos.

Antes de acercarme y tocar a la enferma, pedí autorización a la madre que, con la mirada, asintió. Tomé su muñeca para sentir su pulso, la piel era húmeda, diaforética, mientras contaba el impulso tenue de su corazón, observé las cosas sobre una de las mesas, podría tomar la presión, la temperatura y la oxigenación. Mientras la descubría y confirmaba lo avanzado de su deterioro físico, confirmé lo que tenía que hacer, alejé mis temores y comencé a palpar y revisar, tomar signos vitales y buscar las zonas que despertaran dolor; mientras su madre detrás de mí, me observaba con un puño apretado en silencio. Tras algunos minutos establecí un pequeño panorama de la situación actual, pero necesitaba conocer la historia a detalle, así que, voltee y le pregunté a la madre de la paciente ¿cómo había iniciado todo?


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