Relato – Doctor Nómada (séptima parte) | Bonus track


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Doctor Nomada (séptima parte)

Cuando ví unos faros a lo lejos de la carretera comenzarse a acercar, pensé que por fin venían por nosotros, pero al tenerla casi enfrente, una camioneta algo maltrecha y enlodada, me hizo pensar que las cosas podían no ser tan gratas, todos sabemos que, aunque esos lugares parecen tierra de nadie, alguien se los ha apropiado y ha puesto normas fuera de la ley para controlar lo que ahí ocurre. Temblando de frío y algo de miedo, esperaba que un par de sicarios bajara, y al verme haciendo guardia a la intemperie, fuera el primero al que ajustarían cuentas.

Apagaron las luces y bajó el piloto, una figura de aspecto femenino, pareció ignorarme, y se dirigió directamente a la puerta del autobús, la cual se abrió tras tocar un par de veces. Yo no sabía qué pensar, seguía temblando por el aire fío que se me filtraba hasta los huesos y el temor ante esa figura femenina, mi cerebro no negaba la posibilidad de que al interior estuviera cobrando algún peaje o vengando una rencilla.

El tiempo continuaba lento, mis dudas sobre lo qué debía hacer eran mayores, instintivamente me esforcé por mantenerme inmóvil, deseando que continuara siendo invisible para la visitante en el interior del vehículo, haciendo no sé qué cosa.

Al poco rato el silencio del viento se interrumpió por la puerta del transporte, se abrió nuevamente y descendió despacio la mujer de la camioneta, quien para mi sorpresa, tendía la mano a la anciana para que bajara, supuse que debía acercarme. Tomé la hielera y me aproximé a dos pasos de distancia. Sin mediación la mujer, que en medio de la oscuridad me parecía de una edad similar a la mia, tomó el contenedor con el fármaco y se lo llevó junto con la maleta de la anciana para buscarles acomodo en su camioneta.

-Ella es mi hija y es para su hija la medicina. Me dice que la ve muy mal, todo lo vomita, apenas se puede mover de la cama y no come nada. Por eso cuando vio que no llegaba, decidió venir a buscarme. No hay muchas carreteras por estos rumbos, estaba segura de que me encontraría.

Yo no sabía que decir, sabía que la voz de esa mujer ya no se quebraba, a fuerza de pérdidas constantes se había acostumbrado a enfrentar los embates del destino, sin retroceder a pesar de estar perdiendo.

-Hablé con mi hija e hicimos cuentas, podemos pagarle doctor. No sé a dónde vaya usted, pero le ruego que nos ayude, que vea a mi nieta y nos auxilie, al menos para que no sufra tanto. Los doctores del pueblo no quieren verla ya, que para qué, al final se va a morir, es lo único que me dicen.

Mientras la escuchaba me hervía la sangre, no era infrecuente que algunos colegas, en su ignorancia, pero en especial ante su insensibilidad abandonaran a su suerte los pacientes con pronóstico ominoso, olvidando que no pocas veces lo único que podemos hacer es acompañarlos y ayudar para que esa transición sea lo menos dolorosa posible.

Antes de que continuara la interrumpí, le explique que me había retirado, y no sabía tratar el cáncer, que tenía otra especialidad y era imposible hacerme cargo de su nieta.

-Sé que cuando vio la medicina sabía para qué se usaba, los doctores del pueblo ni la conocen. Mi nieta está muy grave, yo ya sé que se nos va a morir, está en los puros huesos, pero por favor ayúdeme a que sus últimos días no los pase revolcándose de dolor, ni vomitando todo lo que le ofrecemos. No sé cuánto cobre, pero lo ofrezco lo último que nos queda.

Ese ultimátum me dejó confundido, venía escapando, sin saber a dónde dirigirme, lo que menos me esperaba era que, en medio de la nada ayudara a bien morir a una mujer de la que no sabía nada, ni de los medios que contaría para ello.

La mirada de la anciana no ocultaba su dolor y se encajaba profundamente, no la pude sostener por mucho tiempo y asentí. Le respondí que iba por mi equipaje y las acompañaría. Esos ojos sonrieron por un instante.

Mientras recogía mis cosas, escuchaba los murmullos de los pasajeros, pensaba en lo absurdo de la circunstancia, pero confiaba que en algo podría ayudar. Fugazmente la incertidumbre se asomó, ¿qué pasaría sí no podía hacer nada?, no sabía a dónde me llevarían, ni nada de la gente a la que me encomendaría.

La anciana me esperaba afuera del autobús y con mi mochila y la vida en la espalda, nos dirigimos a la camioneta, me ofreció el asiento delantero, pero me negué, le abrí la puerta y le ayudé a subir. Yo me senté en la parte trasera, ahí también estaba una adolescente que, me miraba extrañada. La anciana me comentó que era su nieta, gemela de la paciente, aprovechó para presentarme a la madre de las gemelas que, con las manos en el volante, ni siquiera volteó, era obvio que no estaba de acuerdo con mi presencia. Yo sólo pude inclinar la cabeza a modo de saludo, no podía despegar la lengua del paladar, los nervios me estaban jugando en contra, a pesar de que el interior de la camioneta estaba tan frío como afuera, yo sudaba sin parar.


Bonus track

A esta virgencita si le rezo.
De paseo por las calles de Puebla, y me encontré esta boina que agregaré a mi colección de boinas casi nuevas.

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