Relato – Invasión extraterrestre – Pernoctando | Poema – Danza para caballos (20) – Ana Estaregui | Reseña – El último neógrafo – Ignacio Álvarez | Frase robada – Fernando Díez Rodríguez | Bonus track
Invasión extraterrestre – Pernoctando
Ángela nunca consideró cuál distante se encuentra un sitio que habías conocido viajando en automóvil; pero cuando la energía que hacer ese viaje posible es la de tus piernas, o en especial las pequeñas extremidades de Valentina; en esas circunstancias cualquier sitio es un punto muy remoto que requiere arriesgar mucho en ello.
Se lo pensó un poco antes de asumir el riesgo, escapar de la ciudad y buscar una cueva en medio del bosque, en el pasado se hubiera considerado irracional, pero justo ahora que cualquier otra persona podía hacerte daño con tal de robar tus exiguas pertenencias, o los extraterrestres te delataran por mendicidad, delito que meritaba separla de su hija; en esas circunstancia el ostracismo era la única opción.
Revisó detalladamente las rutas de evacuación sugeridas, y aunque le tomara más tiempo, trazó una ruta que la sacaría de la ciudad pero evitaría al máximo los sitios más peligrosos, dónde sabía que serían presas fáciles. Era consciente de que contaba con poco tiempo antes de aparentar ser unas menesterosas, y por tanto blanco de la policía; así que, fingiendo un paseo común y corriente comenzarían a caminar, no sin antes calmar a Valentina, que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo y había que convencerla de avanzar lo más que pudiera y tomar la menor cantidad de descansos.
Aparentando normalidad comenzaron a caminar, contraintuitivamente buscó transitar por barrios acomodados, su aspecto aun no sería sospechoso. En los parques donde humanos y extraterrestres convivían, ellas aprovechaban para recargar agua y observar detalladamente si algunos de los terrestres tiraba restos de comida que, podían ayudarle a mantener reservas para los días de incertidumbre que se avecinaban.
Conforme pasaban las horas, el plan trazado se estaba cumpliendo razonablemente, de momento lo más complicado era insistir a Valentina en continuar el camino, la niña aunque inteligente, se estaba fastidiando de caminar ininterrumpidamente, pero con paciencia, se estaba logrando avanzar a muy buen paso, lo que no se salía de la mente, era resolver el tema de dónde pasar la noche, ya que entonces sí, su presencia en esos civilizados espacios sería una anomalía que de inmediato delataría su estatus. Así que, mientras caminaban y el sol las acompañaba más a sus espaldas, su ánimo también se iba oscureciendo.
Conforme habían pasado las horas y se alejaban del centro de la ciudad, los barrios iban perdiendo glamour y la proporción de extrateterrestres/humanos se inclinaba por los locales, haciendo la travesía más peligrosa, en la situación actual el peor enemigo de un ser humando era otro igual a él, en particular los que se encontraban en el lado favorecido de la moneda.
Ya habían encontrado un comercio de víveres para “embajadores del universo” donde su clientela era primordialmente humana, que es encargaban de hacerles sus compras, y algún extraterrestre con ínfulas de indie que acudía personalmente a comprar sus víveres. Decidieron entrar una segunda vez, apenas unos minutos antes de la hora de cierre indicada en la puerta de ingreso. No sabía muy bien cómo lo iba a lograr, sólo se le ocurría el ocultamiento por obviedad. En el carro de las compras iban cargando las mismas cosas que el resto de los clientes, con una pequeña diferencia, traía una frazada que al pasar por la zona de muebles abandonó de manera indiferente sobre el regazo de una cama, haciendo parecerlo casi normal; continuó su trayecto y Valentina ejecutó su parte del plan, iban a jugar a las escondidas, y se iban a meter debajo de esa inmensa cama que, Ángela había seleccionado por estar acomodada para su exhibición sobre una gruesa alfombra que ayudaría a detener el frío del piso. Esperaron a que los vendedores y acomodadores se distrajeran con el anuncio del cierre de las instalaciones y Valentina caminó con naturalidad hacía la cabecera y se metió debajo. Prometió no salir por ningún motivo, hasta que su mamá volviera por ella.
Cuando escuchó la última llamada para el cierre del establecimiento, Ángela continuaba con su carro de compras a medio llenar y observó que una de las dependientas sacaba la ropa de los probadores, así que dejó las compras sobre el pasillo y se metió en ese diminuto espacio, subiendo lo pies en la silla que se encontraba en el interior y únicamente podía esperar, no sabía muy bien cual sería el momento de salir, pero ahora sólo le quedaba aguardar.
Estaba tan agitada que pensaba que sus latidos se escuchaban por toda la tienda, la cual se fue oscureciendo y silenciando. Cuando las luces lejanas dejaron de iluminar el vestidor, se atrevió a sacar la cabeza, y confirmó que casi toda la tienda estaba en penumbras, pocas dependientas aún permanecían ordenando las últimas cosas fuera de lugar. Alcanzó a ver hacia donde se encontraba Valentina y la frazada seguía encima de la cama, no lograba a distinguir la silueta de su hija, pero confiaba que todo iría bien.
Cuando escuchó las cortinas de metal cerrando definitivamente la tienda, aprovechó el estruendo para salir y casi en cuclillas se fue ocultando entre los pasillos, poco a poco se fue acercando a la zona donde había dejado a Valentina. A pesar del frío de la tienda, ella estaba empapada en sudor, escuchaba pasos a lo lejos que dejaban de serlo, lo que le indicaba que tenía que apresurarse. Estaba a pocos metros, realizó un último esfuerzo, alcanzó a colocarse al lado de la cama, tomó la frazada y desapareció.
Apenas se deslizó por debajo de la cama abrazó a Valentina, mientras le indicaba que guardara silencio. La niña sintió un par de lágrimas cayendo en su pelo, así que dejó que su madre la abrazara, sin moverse. Se quedaron dormidas muy juntas.
Ángela despertó sorprendida, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni en qué momento Valentina la cubrió con la manta. Todo a su alrededor permanecía a oscuras, su hija no estaba entre sus brazos, a tientas buscó sin encontrarla. Se descubrió por completa y horrorizada se dio cuenta de que no estaba, miraba a su alrededor, y no lograba verla por ningún lado.
Danza para caballos (20) – Ana Estaregui
si los dientes raspan en las encías
rechinan la mandíbula por el lado opuesto
el margen olvidado del habla
es que fueron hechos para romper las frutas
los pedazos de las fibras del mango
si las piernas tienen los músculos firmes
es que están hechas para escalar
y si las uñas no cesan de crecer—y ellas no paran nunca
es que fueron hechas para agarrar con fuerza
perforar el día
hasta que un líquido nuevo le escape
El último neógrafo – Ignacio Álvarez
En un mundo donde la autonomía está abolida, secuestrada por unas ataduras ahora blindadas por las redes sociales. En esta novela Juan Marín es un bastardo que durante su infancia y adolescencia siempre fue determinado por alguien más o las circunstancias. Al llegar a ser adulto e independiente, tras traicionar a los suyos, pensando en el bien común, ahora decide controlar hasta lo elemental, un voto de silencio que lo dote de invisibilidad social que, es la única forma en que encuentra la paz.
Pero no puede negar su rasgo más humano, que lo saca de su anacorésis, esperablemente este retorno a la vida social termina catastróficamente, dándose por vencido toma la última decisión que determinará su vida o la muerte.
Esta novela me la encontré hace unos años viajando por Chile, y decidí que era la adecuada para iniciar el año, lo cual fue un gran acierto. Está escrita de manera impecable y hermosa, es graciosa, reflexiva y cruda; elementos que la hacen disfrutable y mantiene al lector con deseos de devorarla en una sola sesión.
Si le encuentran vale toda la pena.
Frase robada – Fernando Díez Rodríguez
La Inteligencia y la Estética me parecen refugios mentales en estos tiempos de zozobra para no claudicar.
Bonus track



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