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El espejo (3)
Cuando abrí los ojos mi espanto fue mayúsculo, estaba recostado en una cama de hospital, enchufado a un suero en un brazo y cables por el pecho, con un monitor sobre mí cabeza que confirmaba que seguía vivo. La luz fría, blanca, estéril sobre la cabeza me deslumbraba, como si apenas hubiera salido de la oscuridad de la casa de los espejos. Estaba agitado y confundido, mí último recuerdo era el de una anciana con ojos totalmente negros cuestionándome.
Entró una enfermera que, al verme despierto sonrió discretamente y se apresuró a tomarme la presión y registrar en su bitácora el resto de signos vitales.
-Buen susto les dio a sus amigos -me dijo mientras anotaba las últimas cifras en el expediente.
-¿Pero qué pasó, no recuerdo cómo llegué aquí?
-¿Si recuerda que estaba en el Pueblo de las Brujas verdad? -asentí- yo no sé para que se meten en esos lugares. Pues sus amigos dicen que lo encontraron como drogado, vagando por el pueblo, cabizbajo en silencio, y con las uñas sangrando ¿pues qué les hizo?
En ese momento me percaté del vendaje en mis manos, aún con algo de sangre. Por más que intentaba recordar, no avanzaba más allá del momento en que mis manos estaban sobre las de la mujer de cabello oscuro.
-¿Mis colegas, saben que estoy aquí?
-Si, bueno, el menos uno de ellos, los demás tenían que regresar, ya tenían sus vuelos comprados. Pero no se preocupe, se hospeda en un hotel cercano, nos dejó su número para que le avisáramos cualquier cambio en su estado de salud. Ahorita no es hora de visitas, pero en un rato más seguro ya le contará detalles.
Entró un médico que me estuvo lanzando infinidad de preguntas, y más allá de las que se relacionaban con mi estado de salud, todo lo que ocurrió al interior de esa casa lo tenía bloqueado. Me dijeron que estaba en un cuadro de desorientación aguda, tal vez inducido por algún alucinógeno. No sé por qué, pero preferí omitir la parte del ritual en la que intercambiábamos tragos.
Tocaron la puerta casi como trámite, y entró Alfonso, el mismo que me despertó a media resaca para iniciar todo esto.
-¡Pero que pinche sus nos diste! No te vuelvo a sacar sin correa, te pones muy mal -decía a modo de broma y no tanto-, oye si estás más solo que perro enfermo, no encontramos a quién avisarle. Así que por andar organizando la excursión todos decidieron que me quedara hasta que estuvieras bien.
-Gracias Poncho -le dije apenado, como adolescente después de su primera borrachera-, no sé qué paso, en teoría me iban a predecir el futuro o algo así.
-Entonces ¿no recuerdas qué paso? -negué con la cabeza- todo está muy raro, el chofer te encontró caminando como sonámbulo, escurriendo sangre de los dedos, te fue llevando hasta la camioneta y comenzó a llamarnos por teléfono a todos, teníamos que salir cuanto antes, “la cosa se había complicado” nos dijo. Pero no fue nada fácil, andábamos todos regados por el pueblo y se desató una polvareda que no dejaba ver ni avanzar, hasta el cielo se nubló; honestamente daba miedo. Pero cuando te vimos, ahí si que nos espantamos. No sé si antes no nos fijábamos tanto, o era la palidez pero hasta te veías más canoso, y luego con las manos sangrando, parece que te querían arrancar las uñas a mordidas. Algunos quisimos regresar para que nos explicaran qué te habían hecho, pero el chofer nos dijo que ni le buscáramos, que ya todo se había complicado y que era mejor ya no volver y agitar el avispero, “esa gente es muy vengativa” nos advirtió. La verdad no sé que les hicimos, pero en fin, el caso es que ya te trajimos al hospital y pues creo que los doctores ya te explicaron qué te paso.
-Pues mas o menos -le respondí- tampoco tienen muy claro qué ocurrió, creen que me dieron algún alucinógeno, pero no se explican cómo se me cayeron las uñas a pedazos. Pero ya me quiero ir, ¿te han dicho si ya me pueden dar de alta?
-Antes de entrar a verte, pasé a preguntar, y que mañana temprano, que quieren vigilarte una noche más. Yo creo que sólo nos quieren sacar dinero, pero pues también tenía reservada la habitación hasta mañana, así que ahorita en el hotel compro los boletos y nos vamos en cuanto amanezca. Por cierto, espero que tengas ahorros, porque esta va a ser la borrachera más cara de tu historia.
Esto último me lo dijo mientras cerraba la puerta de la habitación al salir, y yo asentí resignado.
Esa última noche en el hospital la pasé muy agitado, me sentía mareado, inestable, me esforzaba por recordar lo que había pasado, dormitaba y despertaba siempre al ver mis manos derretidas con la carne de ella.
No supe en qué momento por fin el cansancio me venció, y dormí hasta que la enfermera acudió a tomar mis signos vitales y comenzar a desconectarme cables y mangueras.
Llegó Poncho con el resto de las cosas que había dejado en el hotel y bajamos juntos a liquidar la cuenta. Se había equivocado en su pronóstico, no era la borrachera más cara de mi historia, eran varias de las mas caras juntas, pero en fin, esa factura era mi ingreso a la abstinencia total.
Mientras íbamos camino al aeropuerto Poncho me preguntaba continuamente cómo me sentía, le mentía de manera optimista.
-Pues yo si te veo jodido -afirmaba.
Algo inexplicable me ocurría, sentía que pensaba con medio segundo de anticipación, o mi cuerpo actuaba con medio segundo de retraso, en especial la mirada. Sentía que con el rabillo del ojo arrastraba las sombras que las persona proyectaban a mi alrededor. Continuamente volteaba hacia ambos lados siguiendo esa oscuridad, pero nada, solo el pobre Poncho que deseaba dejarme en mi casa.
Aterrizamos y recogimos las maletas, en el camino le dije que ya me sentía bien, y que me podría ir en taxi, al principio dudó, pero su cara era de alivio al aceptar tras mi insistencia. Sólo le pedí que me esperara para salir juntos, tenía que pasar al sanitario y no me sentía tan bien como para andar al pendiente de mis maletas y mi órgano reproductor.
Mientras me lavaba las manos que aún me dolían bastante me observé en el espejo, no había caído en cuenta de que la última vez que vi mi reflejo fue en el Pueblo de las Brujas. Efectivamente me veía jodido, muy jodido, no sé de donde me salieron canas y la mirada algo extraña, como perdida en el vacío. El agua enjugaba el jabón de mis manos que aún sangraban un poco, y vi pasar tres pequeñas sombras corriendo por el suelo, brinque del susto, juraba que habían sido ratas, pero al voltear se habían ido, me mal sequé las manos tomé mas toallas de papel para limpiar la sangre que intermitentemente salía de las heridas y fui en búsqueda de Poncho.
-Te tardaste muchísimo ¿qué te estaba haciendo la vasectomía o algo más sucio?
-Mejor ni te cuento -le dije con una sonrisa forzada- este aeropuerto esta lleno de ratas.
Salimos a la fila de los taxis, el salía antes que yo, le agradecí infinitamente.
Mientras llegaba el siguiente auto buscaba ratas por todos lados.
No sé si sea cierto o no, pero alguna vez escuché que el asiento detrás del piloto es el lugar más seguro en caso de un accidente automovilístico. Pero dentro de un taxi no es el lugar más cómodo ni el mas inusual para quien viaja solo. Desde esa perspectiva también puedes verte directamente en el espejo retrovisor.
El tránsito tenía la densidad perenne de las tardes en las que los oficinistas peregrinan a sus casas. Me encontré la mirada y me fije en las ojeras que me escurrían, a mi alrededor se había nublado y una polvareda agitaba las calle por donde circulábamos. Me dejé ir en esa tormenta de arena no sé cuánto tiempo, pero el suficiente para que el chofer me repitiera varias veces en tono molesto que, ya habíamos llegado. Estaba asombrado prácticamente habíamos cruzado la ciudad y no me di cuenta, además el sol azotaba como de costumbre, sorprendido me bajé del auto.
-¿Se siente bien? – me terminó de gritar el conductor.
Tome mis cosas de la cajuela y me dirigí al acceso de la torre de departamentos donde vivía.
La casa parecía cansada, como si rehusara ser vivida de nuevo – Anaclara Muro
Luisa Josefina Hernández
Detrás de la superficie blanca
la pared se pudre
la vida crece en el abandono
como si no hubiera pasado nada en mil años
como si el proceso de la evolución apenas comenzara:
un ser diminuto que se retuerce en el agua
se transforma
le crecen patas
pulmones
se arrastra hacia la orilla
grita
mientras tanto lo nuestro
se estuvo acabando
desde que empezó
Lo vivo siempre está muriendo
Una casa para llorar
y que nadie te escuche
una casa para que no ahogues el grito con la mano
y respires profundo mientras aprietas los dientes
o corras al baño
o te congeles en un rincón
y trates
inútilmente
de calmarte
Si te pudiera contestar por qué lloro
te diría que por el pastel que se hundió en el horno
cuando tenía trece años
porque es imposible regresar el tiempo
modificar la inflexión de la voz
no hacer preguntas ridículas
decidir estar sola
porque no entiendes ese momento de estar fuera de casa
sin entender por qué
ni cómo llegaste a esa cama
con ese hombre
que en realidad te odia
Los once de la tribu – Juan Villoro
Sorprendería a más de uno, el hecho de que un sibarita del lenguaje, un intelectual moderno, también tenga que ir a pepenar el pan. A diferencia de otras de sus facetas donde él es quien domina el escenario, en su versión de periodista debe descender del pedestal, arremangarse la camisa y hacer el trabajo.
En este libro reúne varias de sus entrevistas y reportajes periodísticos, demostrando versatilidad, ya que va desde cubrir un concierto de los Rolling Stones, hasta el levantamiento Zapatista en Chiapas, así como una pleyade nacionales y extranjeras.
Así que, es un libro que tiene para todos todos los gustos, casi como ir a comer tacos de guisado, el problema es querer probar todos demasiado rápido, hay algunos que no se llevan tan bien con otros, por lo que la lectura tiene altas y bajas.
De acuerdo a los intereses de quien tome el libro encontrará cosas muy buenas y otras menos interesantes, cada nota o entrevista perfila una vertiente del escritor, incluso sus gustos y sinsabores. Hay algunas entrevistas en que las que se nota que juega de local y en otras de visitante.
Este libro está más pensado para el seguidor de Juan Villoro que, a modo de fanático intenta descifrar secretos que solo él y otros miles conocerán. Por otro lado, es un viaje interesante a épocas prehistóricas sin internet ni teléfono celular.
Frase robada – Ekaitz Cancela
Las redes sociales han nacido para salvar al capitalismo, no para hundirlo.
Bonus track


ADD. En el maguey (de donde se saca el pulque) también existe y se llama quiote y es comestible.

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