Relato – El espejo | Poema – Fragmentos del alma 1 – Elene Niebla | Reseña – Amanecí rodeada de aves – Simón Angulo | Frase robada – John Katzenbach | Bonus track


El espejo

A pesar de que desde hace cuarenta años el conocimiento científico, la investigación, los datos objetivos han regido mi pensar y mi actuar; no puedo negar las historias oscuras que mi madre nos narraba cuando había algún apagón, son como una espina en mi cerebro a la que inadvertidamente recurro ocasionalmente. Cuando observo o experimento algo que parece romper las reglas de la lógica, normalmente encuentro o formo un constructo de ideas que me permitan dar una explicación razonable.

Sin embargo, lo acontecido en los últimos meses se ha escabullido a todos mis intentos por encasillarlo en el marco de la prudencia y la razón. Hoy con el alma enferma y el cuerpo envejecido, cuando debería estar disfrutando de la vida tras años de estudio y trabajo, no dejo de pensar qué hubiera pasado sí ese día no hubiera sido tan sociable y mejor me hubiera quedado a dormir en mi hotel, o si hubiera sido más respetuoso con las tradiciones y el conocimiento milenario de esa mujer que me arruino la existencia, espero de verdad que, sólo tenga que pagarlo en esta vida.

De los cuatro días que duraría el congreso, la noche del tercero hubo una reunión de profesores a la que debía asistir dado que, ya había logrado esquivar mis responsabilidades sociales los días previos. Como era esperable la cena fue mediocre y la plática otro tanto, las mismas conversaciones de relleno, con los estereotipos que ya conocía y me fastidiaban. El que nunca defrauda, hasta la fecha, es el alcohol, es difícil que un mezcal te haga pasar un mal rato, y cuando hace cofradía con varios, incluso mejora hasta la más inerte de las conversaciones. Pero todo tiene un precio, aunque el mio está siendo demasiado alto.

Me levanté al día siguiente cuando la luz de la ventana y el sonido del teléfono me reventaron la cabeza. Como pude tomé la llamada, sin observar quién me hablaba, solo escuché las múltiples voces de mis compañeros de trabajo y ahora de juerga que, a coro me apuraban a bajar al recibidor, mis ideas y mis sentidos giraban en una licuadora que no me permitía entender qué estaba pasando.

-¿A dónde vamos? -pregunté con dificultad.

-Al pueblo de las brujas -me dijo el dueño del teléfono- anoche quedamos, apúrate, en diez minutos llega la camioneta.

Cuando colgué pensé que todo era una pesadilla, que iluso fui, eso apenas era el inicio. No recordaba muy bien lo que con litros de alcohol en la sangre hice, dije, o como todo indica acepté. Mi cuerpo y mi cerebro respingaban, se negaban a hacer lo que les ordenaba, como pude me duché y vestí con lo primero que saqué de la maleta, me miré al espejo y parecía que un tren me había embestido, mi condición era deplorable; en ese momento no me percaté que sería la última vez que un espejo sólo reflejaría mi rostro e imitaría milimétricamente mis actos frente a él.

Si durante la cena mi entorno social parecía soso, hoy con una resaca monumental, el viaje de casi dos horas superaba sin dificultad la malvada imaginación de Dante. Entre los tripulantes los años hacían gala de las diferencias, un par de colegas se encontraban en condiciones impecables, mientras el resto, con distintos gradientes y variaciones parecíamos actores de relleno para una película de zombis.

No sé cómo, porque mis neuronas no parecían estar en condiciones, pero logré entender que, ya enfiestado, algunos oriundos de la ciudad de acogida se nos unieron; situación que claramente no recuerdo; y en la plática con la que se daba fin a la última de las botellas nos recomendaron ir a un pueblo que tenía tres características que, en el frescor de la madrugada sonaban fantásticas, pero ahora no tanto: era una región donde todos los hombres habían migrado hacía Estado Unidos o a las huestes del narcotráfico, las mujeres viudas o abandonadas se dedicaba a distintas variaciones de la brujería, y por si la recomendación no fuera suficientemente surrealista, tenían fama de contar con restaurantes que hacían unos chilaquiles que se merecían una estrofa del himno nacional. En la situación infrahumana en que la me encontraba, por supuesto ninguna de esas razones hubieran sido suficientes para levantarme de la cama, pero ahogado en alcohol sonaba como el espectáculo ideal para la clausura de una convención de borrachos. Durante el camino me arrepentía de mis pésimas decisiones y las de la humanidad desde Adán y Eva.

Finalmente llegamos y el escenario era tan desolador como los relatos de Juan Rulfo, y por si no fuera suficiente, el sol azotaba con rabia. Todos estábamos desconcertados y seguros de que hasta la próxima convención no deberíamos beber alcohol y menos aceptar consejos turísticos de otros en igualdad de circunstancias.

El chófer de la camioneta nos fue guiando hacia uno de los pocos restaurantes. Efectivamente era atendido únicamente por mujeres jóvenes y guapas, que eran amables pero tenían una mirada extraña, capaz que era el prejuicio de saber que se dedicaban a la brujería o sólo la resaca que no aflojaba.

Pues es el primer truco de magia fueron unos chilaquiles que a la vista no mostraban ninguna peculiaridad; tortilla cortada dorada cortada en triángulos, bañada en salsa verde o roja a petición del cliente, cebolla, crema y queso en la superficie, ah y un trozo de carne al lado; al primer bocado pusimos cara de estarnos desayunando al mismo espíritu santo, eran como se había vaticinado un manjar, tanto que, el semblante y el ánimo volvió.

Ya con el estómago y una renovada esperanza de que llegaríamos a fin de mes, nos dispusimos a pasear por el terregoso pueblo. Las mismas meseras nos recomendaron dar unas vueltas, y que no nos desilusionáramos si no veíamos indicaciones sobre el místico atractivo del pueblo. Nos advirtieron que en todas las casas había una mujer que se dedicaba a alguna de las innumerables vertientes de esta pagana creencia.

Alguno de los colegas les preguntó que entonces “¿cómo saber cuál era la buena?”. La respuesta fue aún más absurda -ellas son las que los eligen, así que no sabrán, pero van a tocar a la puerta que les corresponde-.

El picante de la salsa nos tenía muy animados así que, salimos sonrientes y entusiasmados, como niños exploradores en su primer misión. Algunos desde un inicio manifestamos desinterés por explorar el mundo de la magia y sus colores, otros más esotéricos deseaban encontrar alguna experiencia extraordinaria. Yo iba como automóvil en neutral, me dejaba llevar, los más aventurados fueron los primeros el jalar el lazo que hacía sonar la campana e internarse con la mujer que salía a su encuentro. Después de casi una hora de dar vueltas, faltaban dos más para volver, exploramos calles, algunos negocios. Ya sólo quedaban los escépticos y yo.

Una mujer guapa caminaba en contrasentido del otro lado de la acera, llamaba la atención su atractivo; por más que fingimos se dio cuenta de nuestros vouyerismo; para vergüenza y sorpresa, cuando se encontraba al lado de nosotros se detuvo de improviso, nos vio con detenimiento y con el dedo índice apunto hacia el suelo, en dirección a mi, me detuve asombrado y bajé la mirada hacia donde señalaba, las agujetas de ambos zapatos estaban desanudadas. Sin pensarlo me puse en cuclillas para atarlas, no me tomaría ni un minuto, pero al levantarme mis colegas habían desparecido, únicamente la mujer me miraba fijamente, hasta que me levanté, proseguí mi camino y ella el suyo.

Al encontrarme solo en la calle voltee a verla, su silueta y su cadencia persistieron hasta que abrió la puerta de su casa y despareció. Sin pensarlo, dí media vuelta, me planté frente al zaguán donde había desaparecido la mujer, e hice sonar la campana.


Fragmentos del alma 1 – Elene Niebla

Siempre serás mi poeta chalado
siempre seré tu musa marciana,
cómplices locos de otro universo
perdidos en un deseo intenso.
 
Diosa hambrienta de tu piel
sedienta de tu llama cruel,
mi demonio tentador
tu infierno me reclama feroz.

Soy la brasa viva que se arroja
a la hoguera de tu cuerpo ardiente, amémonos locamente,
con toda intención,
Y devoción incandescente.


Amanecí rodeada de aves – Simón Angulo

“…con vos siento que el amor nos puede dar hasta de comer”

Esta frase refleja el leitmotiv de esta novela corta en la que, Lydia (una prostituta) y Daniel (narcomenudista) se encuentran, tras varios tumbos que la vida les ha propinado. Desarrollada en los barrios menos turísticos de San José (Costa Rica) los protagonistas viven una historia de amor ad hoc que, por supuesto es la premisa ideal para predecir una catástrofe, es decir el amor expuesto a la realidad, casi un oxímoron.

La novela es como una raya de cocaína, una vez que abres sus páginas y superas el proceso de iniciación cultural, lenguaje y tono, se te mete en las entrañas y el cerebro, sin darte tregua ni concesiones; jugando a la ruleta rusa con el destino, sabiendo que la casa nunca pierde.

Ante un escenario donde fracasar es la norma, los personajes no se achican, incluso por un momento hay un atisbo de luz y esperanza, pero es una herramienta estilística para llevar al lector a un subidon de ansiedad, ya que se sabe que cuanto más alto se vuela, mas fuerte es la caída, y aunque aquí apenas aspiran a despegarse del fango que les rodea, su fatum les cobrará con réditos altos el atrevimiento.

Es un drama pútrido, enfermo que llena el alma, no sé con certeza de qué, pero lo llena.


Frase robada – John Katzenbach

Las venas se endurecen, lo mismo que las opiniones.


Bonus track

Regresamos a correr a la montaña después de varias semanas, y por supuesto nos desconoció, nos pegó con tubo, pero aún así lo logramos, obviamente nos morimos como dos días seguidos 🙂
Un oxímoron visual, lo agreste y amenazador de las espinas, y la invitación a la belleza y la ternura de su floración.
Pecora acompañándome en el sueño, abrazándome la pierna, me invitaba a no subir a la montaña, y a pesar de todo no funcionó, ya que salimos a entregar cuerpo, alma y corazón.

Postdata

Esta semana tengo una laringitis muy belicosa que, me impidió grabar el podcast, así que espero disfruten la lectura.

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