Ralph y Margaret llevaban días caminando, era la séptima ciudad que habían recorrido en los últimos meses, cada vez era más difícil encontrar algún despojo de comida. Como siempre, horas antes de que el sol se ocultara en el horizonte, comenzaban su huida hacia las regiones montañosas vecinas. Después de la catástrofe nuclear y tras varios sustos, decidieron que las ciudades eran un campo de batalla, preferían enfrentarse a la inclemencia de la naturaleza y ocultarse en la profundidad del bosque.
-¿Hueles eso? huele a carne cocinándose –dijo Margaret, que siempre había presumido de tener mejor olfato que Ralph.
-Espera –indicó Ralph mientras exploraba la oscuridad que los envolvía – no veo nada, pero tienes razón, huele a carne.
Enlentecieron el paso para evitar ramas secas que los delataran. El raído pantalón de Ralph se atoró con una rama y al jalar la pierna para desatorarse un ruido de latas cayendo al suelo desató la alerta general.
-¡Corre Margaret! Dame la mano y no me sueltes por nada.
Apenas avanzaron unos metros, cuando vieron a la izquierda un perro ladrándoles y a la derecha otro sobreviviente apuntándoles con un rifle.
-¡Quietos! -gritó, mientras retirada el seguro del rifle– levanten las manos y tírense al suelo, si hacen algún movimiento raro les doy un tiro.
Ambos obedecieron y apenas pusieron la cara sobre la hierba el perro se acercó a olfatearles. Las manos del tirador esculcaron los bolsillos y las mochilas de Ralph y Margaret.
-Parece que vienen limpios –les dijo el tirador– con mucha calma voltéense y con más calma siéntense en el suelo, espalda con espalda, y les sugiero que no intenten escapar o van a poner nervioso a Gauss –el perro se acercaba sigilosamente a olfatearlos.
-¿Eres matemático? –preguntó Margaret con un hilo de voz que se le escapó de la garganta –yo también lo soy.
-¿Cómo sabes? –apresuró intrigado el tirador.
-Tu perro, tiene ese nombre por Carl Gauss.
-Yo soy, o era investigadora en teoría de números en la universidad de Sacramento, me llamo Margaret.
-Nunca se deja de ser matemático. ¿Y tú que hacías? –preguntó a Ralph, mientras baja un poco el arma y dejaba de apuntarlos.
-Era profesor de literatura, trabajábamos en la misma universidad.
El tirador no parecía muy convencido –quítate la mochila y vacíala– le ordenó mientras volvía a apuntar con firmeza.
Ralph retiró con mucho cuidado la mochila y tras aflojar los broches, vació el contenido entre sus piernas. Cuando no salió nada más, le mostró la mochila vacía y la dejó a su lado. Gauss se acercó a olfatear, y engulló de una mordida restos de alimento.
El tirador hurgó con la punta del rifle, se detuvo al reconocerlo. El libro Alan Turing: El enigma. Dejando caer la punta del rifle se acercó y tomó el libro.
-¿Desde cuándo los profesores de literatura leen a Andrew Hodges? –le dijo mientras hojeaba el libro con una sonrisa.
-Se lo regalé a Margaret cuando éramos novios, y es el único libro que pude tomar cuando escapamos de Sacramento durante la crisis nuclear.
El tirador bajó la mirada, y sin ganas de regresar el libro se dio la vuelta y comenzó a caminar despacio, mientras llamaba a Gauss.
-Síganme, por lo que veo no tienen comida y se me está quemando la carne.
Ralph y Margaret se levantaron despacio, cruzaron sus miradas y tras ese acuerdo, guardaron sus cosas y comenzaron a caminar detrás del tirador y su perro.
Tras varios minutos y cruzando varias salientes rocosas llegaron a una cueva, que en su entrada tenía una fogata, y en el fuego un conejo que comenzaba a carbonizarse.
-Siéntense, espero que les guste el conejo quemado. Aunque a estas alturas cualquier cosa es un manjar.
Ralph y Margaret estaban consternados y aceptaron el trozo de carne quemada que les puso en las manos. Después del primer mordisco que dio el tirador a su trozo de conejo, Ralph y Margaret lo secundaron, masticando con angustia.
-¿Hace mucho que no comen carne verdad?
Asintieron sigilosamente, y tras pocos minutos y bastante esfuerzo para masticar el alimento, terminaron satisfechos.
-Pueden quedarse a dormir, pero mañana se tienen que ir, no me gusta tener gente cerca.
-Muchas gracias, en verdad. –dijo Margaret- ¿Cómo te llamas?
– Daniel Huttenlocher, pero sería mejor no serlo.
Ralph y Margaret se voltearon a ver y no ocultaron su rostro sorprendido.
-Tú eres quien desarrolló las últimas versiones del Kindle y los primeros prototipos de los metalentes ¿cierto? –preguntó tímidamente Ralph.
-Sí, esos son algunos proyectos que desarrollé. De eso hace ya mucho tiempo, pero ¿cómo lo sabes?
-¿Prometes no dispararle? –intervino Margaret y al ver su asentimiento, volteó burlonamente y animó a Ralph a responder.
-Hace mucho tiempo, antes de este desastre, Margaret escuchaba mis constantes quejas sobre el impacto negativo de los libros digitales, y en especial el de los metalentes en el mundo lector, y juraba que, si conocía algún día a los responsables, les escupiría en la cara.
-¿Y planeas hacerlo? –interrogó Daniel– no te culparía. Todos los días me invade una sensación de auto desprecio tan grande que más de una vez he intentado suicidarme, pero por el momento mis intentos han fallado –y les mostró las cicatrices burdas en sus brazos– al ver que no lo lograba, desistí temporalmente de esa idea.
-Pero no creo que sea para tanto –opinó Margaret, sorprendida de ver las gruesas cicatrices en las muñecas– es verdad que a muchos nos pareció absurdo que pudieras leer directamente en los lentes, pero tampoco es como para quitarse la vida.
-Seguramente no lo saben, ni tienen porque saberlo, pero este desastre nuclear es responsabilidad de los metalentes. Si las cosas no hubiesen sucedido tan rápido, hoy estaría en la cárcel.
-No entiendo cómo podrías terminar en la cárcel sólo por eso.
-Créeme que tendrían motivos para hacerlo Margaret. Yo trabajaba en el MIT cuando realicé estudios que demostraban que el sistema word wise que ayudaban al lector con el significado de las palabras poco frecuentes en los lectores digitales ¿lo recuerdan? Las palabras pequeñas que explicaban el significado del texto –ambos asintieron –. Pues mi estudio demostraba que estas palabras se retenían mucho más que el resto, incluso a largo plazo. Cuando leyeron el artículo los directivos de Amazon, me buscaron y me ofrecieron un contrato difícil de rechazar. Mi primera tarea era modificar el algoritmo para que ahora en lugar de marcar palabras o frases complejas, el sistema marcara palabras que fueran de interés para alguna campaña comercial. Y el resultado fue espectacular, las ventas crecieron como nunca. Habíamos logrado transformar la lectura de libros en el mejor negocio del mundo. Pero las ventas alcanzaron un límite y dejaron de crecer, la única manera que encontramos de seguir aumentando las ventas era aumentar la exposición a la lectura, que leyeran el mayor tiempo posible.
-Entonces unos lentes en los que pudieras leer, incluso en la iglesia o caminando por la calle eran ideales –comentó Ralph defraudado.
-Así es, los metalentes funcionaron de maravilla. Las descargas de libros se multiplicaron. La industria editorial y los autores estaban muy satisfechos, ya que además de las regalías, recibían un porcentaje por la venta de publicidad con la lectura de sus libros, un “círculo virtuoso”.
-Pero los metalentes no incluyen el sistema de ayuda word wise –dijo Margaret.
-Tienes razón, resolvimos eso aumentando apenas unas micras el tamaño de la letra, y alterando el tono en unos cuantos nits, con eso se lograba el mismo efecto. Así que ahora los metalentes permitían una lectura más dinámica.
-Entiendo que fue una vileza transformar la literatura en una herramienta de marketing, pero eso qué tiene que ver con el desastre nuclear –dijo Ralph consternado.
– Seguramente escucharon de un ataque masivo a los servidores de Amazon que duró semanas, un poco antes del desastre nuclear. Pues todos esos ataques estaban dirigidos a los millones de metalentes. Nos fue imposible frenarlo, nos superó su poder de cómputo. Sin embargo, había un dispositivo hackeado en la Casa Blanca que nunca pudimos encontrar. Avisamos al servicio secreto y buscaron hasta por debajo de las piedras, sin encontrar nada. Nunca se nos ocurrió pensar que el presidente tuviese unos metalentes, a nadie en este país hubiese imaginado que Donald Trump tuviese una fascinación por leer; claramente en secreto, novelas rosas subidas de tono.
-¿Y cómo se dieron cuenta? Además, leer novelas rosas nunca ha desatado un cataclismo nuclear. Tal vez sólo entre matrimonios en crisis, pero no más que eso.
-Es un poco más complejo que eso –le respondió a Ralph- si nos hubiésemos dado cuenta a tiempo, no estaríamos hundidos en esto. Los metalentes los encontramos en la sala oval, los tenía puestos cuando se suicidó, justo después de dar la orden del ataque nuclear a Corea del Norte. Los lentes habían sido hackeados, y el mismo mecanismo que usábamos para promocionar productos de Amazon, lo usaron nuestros enemigos para sembrar la idea del ataque nuclear y del suicidio inmediatamente después. Fue un error terrible, pero nadie esperaba que Donald Trump leyera.
– Ralph y Margaret se quedaron impávidos, sin nada que decir. Daniel les indicó un lugar donde podrían dormir, e intentaron hacerlo, pero les fue difícil. A la mañana siguiente Daniel les dio un poco más de comida y los invitó a irse.
Ralph se atrevió a pedirle el libro de Alan Turing.
-Creo que he sido bondadoso con ustedes, así que sería un buen pago quedarme con el libro ¿no les parece? Además, estoy seguro de que leerlo me dará inspiración suficiente. Todos sabemos cómo termina este libro.