El espejo

A pesar que desde hace cuarenta años el conocimiento científico, la investigación, los datos y objetivos han regido mi pensar y mi actuar; no puedo negar las historias oscuras que mi madre narraba a mi y mis hermanos cuando había algún apagón, son como una espina en mi cerebro a la que inintecionadamente recurro ocasionalmente. Cuando observo o experimento algo que parece romper las reglas de la lógica, normalmente encuentro o formo un constructo de ideas que me permitan dar una explicación razonable.

Sin embargo, lo acontecido en los últimos meses se ha escabullido a todos mis intentos por encacillarlo en el marco de la lógica y la razón. Hoy con el alma envejecida y el cuerpo enfermo, cuando debería estar disfrutando de la vida tras años de estudio y trabajo, no dejo de pensar qué hubiera pasado sí, ese día no hubiera sido tan sociable y mejor me hubiera quedado a dormir en mi hotel, o si hubiera sido más respetuoso con las tradiciones y el conocimiento milenario de esa mujer que me arruino la existencia, espero de verdad que, sólo lo tenga que pagar en esta vida.

De los cuatro días que duraría el congreso, la noche del tercero hubo una reunión de profesores a la que tuve que asistir dado que ya había logrado esquivar mis responsabilidades sociales los días previos. Como era esperable la cena fue mediocre y la plática otro tanto, las mismas conversaciones de relleno, con los estereotipos que ya conocía y me fastidiaban. El que nunca defrauda, hasta la fecha, es el alcohol, es difícil que un mezcal te haga pasar un mal rato, y cuando hace cofradía con varios, incluso mejora hasta la más inerte de las conversaciones. Pero todo tiene un precio, aunque el mio está siendo demasiado alto.

Me levanté al día siguiente cuando la luz de la ventana y el sonido del teléfono me reventaron la cabeza. Como pude tomé la llamada, sin observar quién me hablaba, solo escuché las múltiples voces de mis compañeros de trabajo y ahora de juerga que, a coro me apuraban a bajar al recibidor, mis ideas y mis sentidos giraban en una licuadora que no me permitía entender qué estaba pasando.

-¿A dónde vamos? -pregunté con dificultad.

-Al pueblo de las brujas -me dijo el dueño del teléfono- anoche quedamos, apúrale, en diez minutos llega la camioneta.

Cuando colgué pensé que todo era una pesadila, que iluso fui, eso apenas era el inicio. No recordaba muy bien lo que con litros de alcohol en la sangre hice, dije, o como todo indica acepté. Mi cuerpo y mi cerebro respingaban, se negaban a hacer lo que les ordenaba, como pude me duché y vestí con lo primero que saqué de la maleta, me miré al espejo y parecía que un tren me había embestido, mi condición era deplorable; en ese momento no me percaté que sería la última vez que un espejo sólo reflejaría mi rostro e imitaría milimétricamente mis actos frente a él.

Si durante la cena mi entorno social parecía soso, hoy con una resaca monumental, el viaje de casi dos horas superaba sin dificultad la malvada imaginación de Dante. Entre los tripulantes los años hacían gala de las diferencias, un par de colegas se encontraban en condiciones impecables, mientras el resto, con distintos gradientes y variaciones parecíamos actores de relleno para una película de zombies.

No sé cómo, porque mis neuronas no parecían estar en condiciones, pero logré entender que, ya enfiestado, algunos oriundos de la ciudad de acogida se nos unieron; situación que claramente no recuerdo; y en la plática con la que se daba fin a la ultima de las botellas, nos recomendaron ir a un pueblo que tenía tres características que en el frescor de la madrugada sonaban fantásticas, pero ahora no tanto: era una región donde todos los hombres habían migrado hacía Estado Unidos o a las huestes del narcotráfico, las mujeres viudas o abandonadas se dedicaban a distintas variaciones de la brujería, y por si la recomendación no fuera suficientemente surrealista, tenían fama de contar con restaurantes que hacían unos chilaquiles que se merecían una estrofa del himno nacional.

En la situación infrahumana en la que me encontraba, por supuesto ninguna de esas razones hubieran sido suficientes para levantarme de la cama, pero ahogado en alcohol sonaba como el espectáculo ideal para la clausura de una convención de borrachos.

Durante el camino me arrepentía de mis pésimas decisiones y las de la humanidad desde Adán y Eva. Finalmente llegamos y el escenario era tan desolador como los relatos de Juan Rulfo, y por si no fuera suficiente, el sol azotaba con rabia. Todos estábamos desconcertados y seguros de que hasta la próxima convención no deberíamos beber tanto alcohol y menos aceptar consejos turísticos de otros en igualdad de circunstancias.

El chófer de la camioneta nos fue guiando hacia uno de los pocos restaurantes. Efectivamente era atendido únicamente por mujeres jóvenes y guapas, que amables pero con mirada extraña, capaz que era el prejuicio de saber que se dedicaban a la brujería o sólo la resaca que no aflojaba.

Pues es el primer truco de magia fueron unos chilaquiles que a la vista no mostraban ninguna peculiaridad; tortilla cortada dorada en triángulos, bañada en salsa verde o roja, a petición del cliente, cebolla, crema y queso en la superficie, ah y un trozo de carne al lado; al primer bocado todos pusimos cara de estarnos desayunando al mismo espíritu santo, el semblante y el ánimo volvió. Ya con el estómago y una renovada esperanza de que llegaríamos a fin de mes, nos dispusimos a pasear por el terregoso pueblo. Las mismas meseras nos recomendaron dar unas vueltas, y que no nos desilusionáramos si no veíamos indicaciones sobre el místico atractivo del pueblo. Nos advirtieron que en todas las casas había una mujer que se dedicaba a alguna de las innumerables vertientes de esa pagana creencia.

Alguno de los colegas les preguntó que entonces ¿cómo saber cuál era la buena? La respuesta fue aún más absurda -ellas son las que los eligen, así que no sabrán, pero van a tocar a la puerta que les corresponde-.

El picante de la salsa nos tenía muy animados así que salimos sonrientes y entusiasmados, como niños exploradores en su primer misión. Algunos desde un inicio manifestamos desinterés por explorar el mundo de la magia y sus colores, otros más esotéricos deseaban alguna experiencia extraordinaria. Yo iba como automóvil en neutral, me dejaba llevar, los más aventurados fueron los primeros en jalar el lazo que hacía sonar la campana e internarse con la mujer que salía a su encuentro. Después de casi una hora de dar vueltas, faltaban dos más para volver, exploramos calles, algunos negocios. Ya sólo quedaban los escépticos y yo.

Una mujer guapa caminaba en contrasentido del otro lado de la acera, llamaba la atención su atractivo, por más que fingimos se dio cuenta de nuestro vouyerismo; para vergüenza y sorpresa, cuando se encontraba al lado de nosotros se detuvo de improviso, nos vio con detenimiento y con el dedo índice apunto hacia el suelo, en dirección a mi, me detuve asombrado y baje la mirada hacia donde señalaba, las agujetas de ambos zapatos estaban desanudadas. Sin pensarlo me puse en cuclillas para atarlas, no me tomaría ni un minuto, pero al levantarme mis colegas habían desparecido, únicamente la mujer me miraba fijamente, hasta que me levante y seguí mi camino y ella el suyo.

Al encontrarme solo en la calle voltee a verla, su silueta y su cadencia persistieron hasta que abrió la puerta de su casa y despareció. Sin pensarlo dí media vuelta, me planté frente al zaguán donde había desaparecido la mujer, e hice sonar la campana.

La casa no tenía ninguna característica fuera de lo usual, un pequeño jardín al frente, ventanas mirando a la calle con cortinas coloridas y un pequeño lazo con el que hice sonar la campana. Me sentía más como niño en una kermes ofreciendo galletas que, como alguien en búsqueda de una pitonisa.

Se instauró el silencio tras el repique de la campana, sólo el viento levantando el polvo de la calle irrumpía la tranquilidad. Pasaron varios segundos y no se percibía ninguna reacción al interior de la casa. Inexplicablemente persistí en mi espera, era evidente que esa dilación tenía un objetivo.

Dudé entre retirarme o volver a hacer sonar la campana, con una sujetando el lazo y mi mente ordenando la retirada, vi a través del vidrio despulido de la puerta un juego que luces que, indicaba movimiento al interior, hasta que una sombra que parecía distante se transformó en una silueta que se acercaba tranquila a la puerta. El silencio interrumpido por el viento también persistía; noté su mano abriendo el portón sin preguntar quién la visitaba.

Por fin la vi, era una mujer alta, delgada, con un vestido holgado negro, contrastaba con su piel que hacía pensar en la luna llena a media noche. Mi miró directamente a los ojos, sin parpadear durante dos segundos, en los que transcurrió una vida

-Te di la oportunidad de retirarte, pero te veo dispuesto a continuar. Sabes a lo que vienes, así que pasa y cierra la puerta -lo dijo en un tono sereno pero imperativo.

La seguí tranquilo por un pasillo hacía el recibidor, me sorprendía lo fácil que se confundía su cabello con el vestido, como si fuese un velo negro. La casa era hermosa, impoluta, con pocas cosas pero sin minimalismo.

Me indicó que tomara asiento en uno de los dos sillones colocados uno frente al otro, con una mesa de centro octagonal que los separaba. Permanecí sentado observando a mi alrededor, mientras ella se afanaba en cerrar las cortinas oscuras, gruesas y sedosas que, impedían casi por completo el paso de la luz, dejando la sala en penumbra, apenas capaz de distinguir siluetas.

Ella continuaba con el acomodo, y comenzó a retirar paños blancos que ocultaban espejos ovalados de medio cuerpo, me habían pasado desapercibidos, pero ahora al descubierto, tenía uno enfrente de mi, dos a los lados y el reflejo del espejo frontal me permitió ver dos más a mi espalda, podían ser los vértices de un pentágono o las puntas de una estrella.

A pesar de que afuera el calor era implacable y se levantaban polvaredas, la sala era fresca, con un sutil olor herbal.

Antes de sentarse frente a mi, colocó dos copas tequileras, y de un bufetero de madera sacó una licorera con la que lleno hasta dos terceras partes las copas, con un líquido verdoso; de inmediato el olor a tierra mojada fue contundente. Regresó la botella a su lugar y se sentó frente a mi.

Sin dejar de observarme tomó su copa y me ofreció un brindis, la imité sin pensarlo, con sus ojos fijos en los míos brindamos, el sonido del vidrio fue intenso y continuado. Bebió la mitad del contenido y me ofreció el restante, así que intercambiamos los tragos. Vaciamos el restante, era una mezcla entre mezcal muy ahumado que, al pasar por la boca sabía a tierra, como haber lamido una piedra húmeda llena de musgo. Se inclinó sobre la mesa y estiró sus manos con las palmas hacia arriba, intuí que debía colocar las mías encima.

No sé si me miraba a mi, o los espejos a mi espalda, el efecto de la bebida y la oscuridad me impedían saberlo, solo podía ver sus ojos negros profundos, conforme continuaba inmerso en su mirada, el iris comenzó a dilatarse, tapizando de oscuridad totalmente la mirada, su parpadeo lento y ocasional confirmaba que donde estuvieron esos enigmáticos ojos, ahora solo había una densa y completa oscuridad.

Mis manos encima de las suyas percibían el calor de su cuerpo, que fue incrementándose, subiendo por mis muñecas y codos, sentía que mis brazos comenzaban a arder, nuestras manos entrelazadas estaban derretidas, mezclada su carne con la mía.

-Deja que tu cuerpo te abandone.

La escuché decir sin que se movieran los labios, con una voz que procedía de todos lados.

-Respira profundo y despídete, no sigas luchando.

Volví a escuchar mientra el calor comenzaba a inundarme el pecho. La obedecí, el aire salía hirviendo quemando mi nariz.

Subítamente todo cesó, el calor, el miedo, pero también el sonido, el dolor. Percibía paz, mi cerebro apagado en silencio, los cinco sentidos estaban anestesiados, me apreciaba vacío sin referentes.

La mujer sentada frente a mi había envejecido, la negra cabellera era apenas unos mechones de canas ralos, encorvada sobre su cuerpo me miraba con la negrura infinita, pero ahora opaca, despulida.

Me sorprendí al ver nuestras manos que seguían unidas, sus antebrazos con colgajos de piel arrugada contrastaban con una manos jóvenes y sedosas, aunque las mías eran un poco más avejentadas de lo que recordaba.

-Es un pequeño cobro. Algo de tu juventud, apenas imperceptible para ti, pero sólo así puedo permanecer en este mundo.

Fijé la mirada en el espejo detrás de ella, que mostraba mi cara, pero también su espalda, reflejaba la negra cabellera hasta la cintura, intenté voltear a ver los espejos detrás de mi, pero con tono aumentado me detuvo.

-No debes verte en esos espejos, son mi entrada a ti, a tu vida, a las vidas pasadas y a las que vienen, ese es mi terreno.

La anciana sentada frente a mi, y las mujeres de los espejos gesticulaban sincrónicamente, aunque la voz parecía venir de todos lados.

-Veo que tenemos muchos temas. ¡Finges muy bien! Pero eres un alma vieja y serpenteante. ¿Por dónde quieres comenzar

Cuando abrí los ojos mi espanto fue mayúsculo, estaba recostado en una cama de hospital, enchufado a un suero en un brazo y cables por el pecho, con un monitor sobre mí cabeza que confirmaba que seguía vivo. La luz fría, blanca, estéril sobre la cabeza me deslumbraba, como si apenas hubiera salido de la oscuridad de la casa de los espejos. Estaba agitado y confundido, mí último recuerdo era el de una anciana con ojos totalmente negros cuestionándome.

Entró una enfermera que, al verme despierto sonrió discretamente y se apresuró a tomarme la presión y registrar en su bitácora el resto de signos vitales.

-Buen susto les dio a sus amigos -me dijo mientras anotaba las últimas cifras en el expediente.

-¿Pero qué pasó, no recuerdo cómo llegué aquí?

-¿Si recuerda que estaba en el Pueblo de las Brujas verdad? -asentí- yo no sé para que se meten en esos lugares. Pues sus amigos dicen que lo encontraron como drogado, vagando por el pueblo, cabizbajo en silencio, y con las uñas sangrando ¿pues qué les hizo?

En ese momento me percaté del vendaje en mis manos, aún con algo de sangre. Por más que intentaba recordar, no avanzaba más allá del momento en que mis manos estaban sobre las de la mujer de cabello oscuro.

-¿Mis colegas, saben que estoy aquí?

-Si, bueno, el menos uno de ellos, los demás tenían que regresar, ya tenían sus vuelos comprados. Pero no se preocupe, se hospeda en un hotel cercano, nos dejó su número para que le avisáramos cualquier cambio en su estado de salud. Ahorita no es hora de visitas, pero en un rato más seguro ya le contará detalles.

Entró un médico que me estuvo lanzando infinidad de preguntas, y más allá de las que se relacionaban con mi estado de salud, todo lo que ocurrió al interior de esa casa lo tenía bloqueado. Me dijeron que estaba en un cuadro de desorientación aguda, tal vez inducido por algún alucinógeno. No sé por qué, pero preferí omitir la parte del ritual en la que intercambiábamos tragos.

Tocaron la puerta casi como trámite, y entró Alfonso, el mismo que me despertó a media resaca para iniciar todo esto.

-¡Pero que pinche sus nos diste! No te vuelvo a sacar sin correa, te pones muy mal -decía a modo de broma y no tanto-, oye si estás más solo que perro enfermo, no encontramos a quién avisarle. Así que por andar organizando la excursión todos decidieron que me quedara hasta que estuvieras bien.

-Gracias Poncho -le dije apenado, como adolescente después de su primera borrachera-, no sé qué paso, en teoría me iban a predecir el futuro o algo así.

-Entonces ¿no recuerdas qué paso? -negué con la cabeza- todo está muy raro, el chofer te encontró caminando como sonámbulo, escurriendo sangre de los dedos, te fue llevando hasta la camioneta y comenzó a llamarnos por teléfono a todos, teníamos que salir cuanto antes, “la cosa se había complicado” nos dijo. Pero no fue nada fácil, andábamos todos regados por el pueblo y se desató una polvareda que no dejaba ver ni avanzar, hasta el cielo se nubló; honestamente daba miedo. Pero cuando te vimos, ahí si que nos espantamos. No sé si antes no nos fijábamos tanto, o era la palidez pero hasta te veías más canoso, y luego con las manos sangrando, parece que te querían arrancar las uñas a mordidas. Algunos quisimos regresar para que nos explicaran qué te habían hecho, pero el chofer nos dijo que ni le buscáramos, que ya todo se había complicado y que era mejor ya no volver y agitar el avispero, “esa gente es muy vengativa” nos advirtió. La verdad no sé que les hicimos, pero en fin, el caso es que ya te trajimos al hospital y pues creo que los doctores ya te explicaron qué te paso.

-Pues mas o menos -le respondí- tampoco tienen muy claro qué ocurrió, creen que me dieron algún alucinógeno, pero no se explican cómo se me cayeron las uñas a pedazos. Pero ya me quiero ir, ¿te han dicho si ya me pueden dar de alta?

-Antes de entrar a verte, pasé a preguntar, y que mañana temprano, que quieren vigilarte una noche más. Yo creo que sólo nos quieren sacar dinero, pero pues también tenía reservada la habitación hasta mañana, así que ahorita en el hotel compro los boletos y nos vamos en cuanto amanezca. Por cierto, espero que tengas ahorros, porque esta va a ser la borrachera más cara de tu historia.

Esto último me lo dijo mientras cerraba la puerta de la habitación al salir, y yo asentí resignado.

Esa última noche en el hospital la pasé muy agitado, me sentía mareado, inestable, me esforzaba por recordar lo que había pasado, dormitaba y despertaba siempre al ver mis manos derretidas con la carne de ella.

No supe en qué momento por fin el cansancio me venció, y dormí hasta que la enfermera acudió a tomar mis signos vitales y comenzar a desconectarme cables y mangueras.

Llegó Poncho con el resto de las cosas que había dejado en el hotel y bajamos juntos a liquidar la cuenta. Se había equivocado en su pronóstico, no era la borrachera más cara de mi historia, eran varias de las mas caras juntas, pero en fin, esa factura era mi ingreso a la abstinencia total.

Mientras íbamos camino al aeropuerto Poncho me preguntaba continuamente cómo me sentía, le mentía de manera optimista.

-Pues yo si te veo jodido -afirmaba.

Algo inexplicable me ocurría, sentía que pensaba con medio segundo de anticipación, o mi cuerpo actuaba con medio segundo de retraso, en especial la mirada. Sentía que con el rabillo del ojo arrastraba las sombras que las persona proyectaban a mi alrededor. Continuamente volteaba hacia ambos lados siguiendo esa oscuridad, pero nada, solo el pobre Poncho que deseaba dejarme en mi casa.

Aterrizamos y recogimos las maletas, en el camino le dije que ya me sentía bien, y que me podría ir en taxi, al principio dudó, pero su cara era de alivio al aceptar tras mi insistencia. Sólo le pedí que me esperara para salir juntos, tenía que pasar al sanitario y no me sentía tan bien como para andar al pendiente de mis maletas y mi órgano reproductor.

Mientras me lavaba las manos que aún me dolían bastante me observé en el espejo, no había caído en cuenta de que la última vez que vi mi reflejo fue en el Pueblo de las Brujas. Efectivamente me veía jodido, muy jodido, no sé de donde me salieron canas y la mirada algo extraña, como perdida en el vacío. El agua enjugaba el jabón de mis manos que aún sangraban un poco, y vi pasar tres pequeñas sombras corriendo por el suelo, brinque del susto, juraba que habían sido ratas, pero al voltear se habían ido, me mal sequé las manos tomé mas toallas de papel para limpiar la sangre que intermitentemente salía de las heridas y fui en búsqueda de Poncho.

-Te tardaste muchísimo ¿qué te estaba haciendo la vasectomía o algo más sucio?

-Mejor ni te cuento -le dije con una sonrisa forzada- este aeropuerto esta lleno de ratas.

Salimos a la fila de los taxis, el salía antes que yo, le agradecí infinitamente.

Mientras llegaba el siguiente auto buscaba ratas por todos lados.

No sé si sea cierto o no, pero alguna vez escuché que el asiento detrás del piloto es el lugar más seguro en caso de un accidente automovilístico. Pero dentro de un taxi no es el lugar más cómodo ni el mas inusual para quien viaja solo. Desde esa perspectiva también puedes verte directamente en el espejo retrovisor.

El tránsito tenía la densidad perenne de las tardes en las que los oficinistas peregrinan a sus casas. Me encontré la mirada y me fije en las ojeras que me escurrían, a mi alrededor se había nublado y una polvareda agitaba las calle por donde circulábamos. Me dejé ir en esa tormenta de arena no sé cuánto tiempo, pero el suficiente para que el chofer me repitiera varias veces en tono molesto que, ya habíamos llegado. Estaba asombrado prácticamente habíamos cruzado la ciudad y no me di cuenta, además el sol azotaba como de costumbre, sorprendido me bajé del auto.

-¿Se siente bien? – me terminó de gritar el conductor.

Tome mis cosas de la cajuela y me dirigí al acceso de la torre de departamentos donde vivía.

Esa primera noche fue el preámbulo del resto de todo. El cansancio de lo ocurrido auguraba que caería rendido. Pedí algo para cenar, no tenía deseos de ir al supermercado, me di una ducha más por compromiso que por deseo y me dispuse a dormir. La mentira se hizo patente, cerré los ojos y las ensoñaciones comenzaron a descender, trozos de recuerdos de todos los tiempos que, como los rayos de una tormenta me despertaban con espanto, sudando con el corazón en el cuello.

Intentaba volver a conciliar el sueño pero la fórmula se repetía, en cada intento un recuerdo retorcido, transmutado me despertaba.

Tuve que ver el reloj, no quería hacerlo, sabía que aún faltaba mucho para levantarme. Eran las tres de la mañana, la que se convertiría un mi nueva hora de despertar. Fastidiado de dormir a retazos me levanté por un poco de agua a la cocina; de regreso encendí la luz del baño, aproveché para enjuagarme la cara, con la esperanza de que se aplacaran los pensamientos. Me apoyé en el lavabo y dejé correr un poco de agua, me hipnotizaba el pequeño remolino que se formaba en el desagüe, me enjuague tres o cuatro veces la cara, y al mirarme al espejo mi espanto me obligó a ahogar un grito, de mi cara escurría sangre, gruesas gotas, rutilantes que caían de mi reflejo. De inmediato tomé la toalla y me limpié la cara, para mi sorpresa estaba blanca y húmeda, pero en el reflejo persistía la sangre embarrada que se arrastraba con cada intento por limpiarme, froté con intensidad pero la sangre se empeñaba, vi el agua corriendo y me volví a mojar la cara; para mi incomprensión el agua era pura, limpia y al verme en el espejo mi reflejo otra vez estaba empapado de sangre. Volví a restregar la toalla que solo absorbió el agua de mi piel, pero me observaba con la sangre embarrada.

Estaba temblando y agitado, observaba la cara en busca de heridas, pero sólo estaba la sangre que se comenzaba a secar y cuartear, me tire al suelo y abrazando las rodillas comencé a llorar con odio, con ahogo. No sé cuánto tiempo estuve así, pero desperté hecho un ovillo en el tapete felpudo del baño, todo me dolía y la cabeza apretaba fuerte, fui directo hacia la regadera no quería saber si mi reflejo seguía ahí, en una pesadilla.

Me bañé mirando con atención el agua, el jabón en mis manos al lavarme la cara, nada fuera de lo usual. Tomé la toalla y me sequé, todo normal, pero mi temor era observar el reflejo, el miedo tomó le decisión por mi, y pasé directo a la recámara, prácticamente cerré los ojos al pasar frente al espejo encima del lavabo.

Al salir al pasillo me pasé las manos por la cara, secas, sin rastros de nada. Comencé a vestirme y prepararme para ir a la oficina. Afortunadamente nunca he sido muy esmerado en mi apariencia personal, por lo que el otro espejo de la casa estaba en la habitación que uso como biblioteca y sala de televisión; antes de salir normalmente me veo rápidamente, más que por vanidad es para confirmar que lleve lo que tenga que llevar, el descuido me ha jugado malas pasadas con zapatos impares o combinaciones excesivamente eclécticas. Pero hoy confiaría en mis hábitos, no quería saber qué era lo que deparaba mi reflejo en esa luna de cuerpo entero.

Mientras desayunaba, cada tanto me tocaba la frente y las mejillas, para corroborar que mis manos seguían limpias. Saqué mi cepillo de dientes y la pasta dental de la maleta de viaje, para asearme en la cocina.

Al llegar a la oficina fui el centro de atención, todos estaban desconcertados por lo ocurrido en El Pueblo de las Brujas, en especial con lo que me había pasado. Al parecer para los otros no fue nada sorprendente; leerles la mano, lanzarles el Tarot, algunos rituales con hierbas e incienso, pero nada mas; bastante “normal” decían, así que, lo que yo les dijera era motivo de interés nacional.

A la hora de la comida se dispusieron a darle coherencia a los fragmentos de la historia que repetían. Llegaron a la conclusión de que me habían drogado, sin tener un motivo claro; por algún momento mientras me llevaban al hospital, pensaban que me iba “a quedar en el viaje”. Antes de volver a nuestras actividades el corolario fue que me veía pésimo, muy demacrado, y la amnesia a partir de que me quedé atando las agujetas de mis zapatos, les impidió satisfacer su curiosidad y ser contundentes en sus opiniones. Decidí que no les contaría lo ocurrido al interior de la casa y lo que estaba sucediendo con mis sueños, mucho menos lo que pasaba con mi reflejo.

La vida en la oficina anestesia el espíritu, la imaginación y porque no, hasta las maldiciones. Cursé la tarde casi con normalidad, pero conforme mis compañeros levantaban sus cosas para emprender el regreso a casa, mi temor aumentaba, aún no encontraba una solución al pánico de volver a mi departamento. A cuenta gotas se despedían con inusual entusiasmo. Terminé siendo el último en todo el piso, hasta que llegó el personal de seguridad para saber si me quedaría más tiempo y avisar al resto del equipo. Era absurda mi estrategia de evasión, así que, tomé mis cosas y volví sin afán a casa.

Entré y me tiré en el sillón, estaba rendido, no sabía si deseaba más dormir o cenar algo, al final el sueño venció, y sin percatarme me recosté en el sofá.

El frío me despertó o eso pensaba, decidí levantarme para irme a la cama, fui a la recámara a ponerme el pijama, volví a la cocina por agua y vi el reloj de pared, las tres de la mañana, la peor hora para la indecisión entre dormir o lamentarme del sueño que se alejó. Tomé el teléfono celular para distraerme pero la batería se había agotado. No lo pensé, la costumbre me hizo entrar al cuarto de televisión donde tenía el cargador y lo conecté, mientras me sentaba en la silla del escritorio a esperar que encendiera. La maldita duda me obligó a levantarme y acercarme al espejo de cuerpo entero. Me paré frente a el y todo parecía natural, mi cuerpo correspondía con la versión reflejada, hasta que tras unos segundos mi imagen dejó de moverse, estaba estática, desobediente a mis mandatos, no sabía qué hacer, algunos movimientos sutiles, temeroso de lo evidente. Se me ocurrió la absurda idea de mover mi dedo índice y apoyarlo en el pecho de ese otro, de la figura que no se movía, el dedo chocó con el duro vidrio, pero al verlo parecía que lo hubiera hundido en el pecho del inerte reflejo, estaba lleno de sangre.

Absorto, buscaba el origen de esa sangre tibia, volví a observarme esperando la obediencia que finamente imitara mis actos, pero mi reflejo no sólo desobedecía mis mandatos, su semblante, los ojos y nariz sangraban; era lo único que se movía en el mundo del espejismo, ansioso pasé las manos sobre mi cara, permanecían secos, repetí la maniobra desordenadamente deseando que se llenaran de sangre, eso tendría más lógica que lo que estaba ocurriendo. Al ver mis manos limpias, lo único que se me ocurrió fue usarlas para golpear el espejo hasta romperlo, cedió a los primeros puñetazos, pero perseveré hasta que decenas de pedazos se me enterraran en los nudillos, y ahora si las manos se me llenaron de sangre. Desistí en el deseo de acabar con mis puños o mi reflejo cuando en los pocos fragmentos que permanecían, por fin tornó la obediencia, mi yo fragmentado en pedazos emulaba perfectamente mis movimientos.

Decidido, con las manos ensangrentadas, tomé mi vaso con agua y fui al baño, antes de enjuagar las heridas, golpee el espejo con el vaso hasta hacerlo pedazos, los fragmentos pegados a la pared finalmente sometidos me mostraban mis puños cerrados llenos de sangre. Esa sumisión me dio la tranquilidad para volver a la cama después de curarme las heridas y dormir por unas horas al fin.

Nada más alejado de la realidad pensar en una vida normal tan sólo deshaciéndome de mis reflejos. En la cotidianidad era más o menos sencillo esquivarlos o evitar verme directamente a los ojos por más de un par de segundos. A los pocos días de haber creído que lo había logrado, poco a poco, con paciencia el destino encontró esa grieta por la cual cobrarme las facturas de lo que soy e hice.

Comencé despertándome agitado, siempre alrededor de las tres de la mañana. Conforme la verdad se me iba acumulando, ese despertar se convirtió en una tortura, mi cuerpo trémulo, sudoroso, febril, con la boca seca, arenosa y mis movimientos lentos desordenados que intentaban escapar de mis sueños; tras un par de horas terminaba vomitando, no sé cómo pero siempre algo gris, como si hubiera cenado puños de cemento. Al vaciar por completo mis entrañas por fin descansaba un poco y dormitaba máximo una hora más y me tenía que ir a la oficina. Conforme las noches y el malestar se acumulaban, mi cuerpo iba pagando a cuenta gotas cada una de sus facturas.

Aunque trataba que mis despertares nocturnos no afectaran mi vida laboral, no dejaba lugar a dudas.

-¿Estás bien? -me preguntó Poncho una vez que subimos solos en el elevador.

Me excusé diciendo que padecía insomnio y que eso me tenía muy mal. Poncho puso cara de fingir creerme.

-Pues mejor ve con el médico o has algo, si sigues así no vas a durar mucho.

Pensé que sus palabras algo forzadas, tenían cierta verdad, ya que estas pesadillas no respetaban cansancio, jornada laboral o día de la semana, apenas maldurmiendo tres o cuatro horas diarias y con un apetito casi extinto, mi cuerpo y la psique estaban muy deteriorados.

No había madrugada en la que no buscara una solución a esta situación. Después de vaciar violentamente el estómago, en esos minutos que preceden al sueño inundado de días de fatiga, eran uno de los instantes donde perdía por completo la lucidez. En ese momento, ante la debilidad no sólo física, el suicidio era una de las respuestas a la que llegaba. Pero mi lógica elemental no me dejaba seducir por la idea de terminar mis días, sabía que todo esto había comenzado en El Pueblo de las Brujas.

Me afané en buscar a alguien que me pudiera ayudar. Tal búsqueda fue infructuosa, pasé semanas visitando brujas, chamanes, mediums, cualquier variante de lo paranomal, pero la respuesta era la misma; cara de susto y negativa a ayudarme. Siempre había visitado mujeres, hasta que una de ellas me envió con él.

-Él trata con fuerzas de otras tierras -me dijo la chamana que no pudo hacer nada, más que escuchar mis historias.

Encontrarme con él no era tarea fácil, demasiadas negativas, evasivas y desconfianza. Hasta que después de varios intentos por fin pudimos concertar una cita. Para mi sorpresa fue en un hotel de paso en la periferia de la ciudad. Yo no sabía que pensar, aunque por supuesto lo obvio; que el tipo fuera un pervertido. Pero mi extenuación terminó por domesticar mi sentido común, y saliendo de trabajar un viernes me dispuse a encontrarme con el mentado brujo.

El encuentro fue muy extraño, verlo esperando en la recepción y saludarme como si fuera una reunión de negocios, no solo a mi me pareció anormal; los empleados acostumbrados a reuniones más ocultas, endosadas de vergüenza o culpa, no daban crédito a lo que presenciaban; un tipo de aspecto algo suigéneris acordando reglas con alguien de mi aspecto tan venido a menos.

Me dio un apretón de manos que duro y se sintió más de lo usual.

-Tenían razón -me dijo mientras me miraba fijamente, estrechando la mano -tu no perteneces a este sitio, no va a ser tarea fácil volverte de donde te sacaron. Me voy a adelantar, te marco a la recepción para que pases.

Me quedé sentado esperando, consternado. No sabía exactamente que pensar. Los minutos pasaron, hasta que al final y con algo de malicia, los encargados de la recepción me dijeron que pasara a la habitación.

Entré sin tocar a la puerta, el cuarto estaba en penumbra, movió los efímeros muebles, con una distribución parecida a la de la casa en El Pueblo de las Brujas, la pequeña mesa, dos sillas en el centro de la habitación y espejos distribuidos en forma de pentágono. El recuerdo me puso nervioso y dudaba si sentarme o no. Él lo notó e insistió en que tomara asiento.

-Sé lo que estás pensando, ya me contaron lo que pasó. Desafortunadamente mi colega no estaba preparada, y se le salió de las manos, lamentablemente lo pagó caro. Trataré de ser cauto y lograr desenquistar eso que corroe el alma.

Al sentarme colocó una mascada negra que me cubría la cara, mientras escuchaba una oración que se repetía una y otra vez al ir descubriendo los espejos colocados en la periferia. Mientras rezaba escuchaba que algo derramaba a mi alrededor.

-Voy a descubrirte la cara, no importa lo que veas, quiero que permanezcas sentado.

Asentí, mientras me descubría el rostro, en lo que mis ojos se habituaban miré en el suelo un círculo de arena que me rodeaba. Levanté la vista con miedo y el espejo frente a mi tenía mi reflejo que, como en otras ocasiones, a los pocos segundos comenzó a sangrar.

-Tranquilo, apenas vamos comenzando -me dijo con tono sereno.

Voltee a los espejos laterales, y en cada uno de ellos el reflejo obedecía mis movimientos, pero la imagen no me representaba. Diversos animales antropomorfos; la cabeza de una cabra, un cerdo, una serpiente, un toro y una mosca inmensa; se reflejaban en donde debía aparecer mi figura.

-¿Te das cuenta? -dijeron a mi espalda- cada animal es un demonio, normalmente vemos uno o dos, pero tu caso es especial, estás infestado. Déjate llevar por uno de ellos, ahí encontraras las respuestas que buscas.

Volteaba sudoroso a cada uno de los espejos, aterrorizado de lo que observaba, sin saber cuál de ellos era el adecuado, la imagen del cerdo se quedó estática por dos segundos, era una señal. Me le quedé viendo fijamente y me hundí en sus ojos llenos de fuego, fulguraban, al persistir en ellos, menos presente me percibía, hasta que logré verme sentado frente a la mujer que sostenía mis manos, cuando vio mi rostro porcino frente a ella, el miedo afloró. Sentía su miedo en las venas, me acerqué para olfatearla, sabía que se sentía perdida, así que la ataqué con la mandíbula en su cuello, bebiendo su sangre hasta que se vació.

-Cada uno de los demonios que ves en los espejos debe tener una historia parecida -me dijo una voz que me rodeaba distante.

Volví al cuarto de hotel y me levanté de la silla, giré hacia atrás, él se retrajo al verme. A modo de defensa miro el círculo de arena que me circundaba mientras pasaba las cuentas de un rosario entre los dedos y rezaba ansiosamente.

-¿Crees que tus vulgares malabares me detendrán? -le dije con una voz desconectada de mi cuerpo, y de sus emociones.

Como si no hubiera nada crucé el círculo marcado en el piso y me acerqué, tomé su cuello entre mis manos y comencé a sujetarlo contra su voluntad, sus movimientos convulsos no me detuvieron, hasta que cedió y su cuerpo quedó tendido en el piso.

Algo dentro de mí me obligó a golpear los espejos, uno a uno hasta hacerlos pedazos, los rostros animales desaparecían, el cerdo fue el último en ser escombros de vidrio.

Estaba hincado en medio de la habitación con las manos ensangrentadas. No supe cuánto tiempo había pasado ni cuánto tiempo estuve tirado llorando, pero cuando decidí escapar de ese cuarto, la noche estaba muy avanzada.

Desde entonces, y de esto ya hace bastante tiempo, vivo esperando que la policía venga a buscarme, por esa mujer o ese hombre, a los que les arrebaté la vida.

Y como desde el inicio, todas las noches son una pesadilla, mi cuerpo se agita, reniega se maldice por lo que le ocurre durante las madrugadas, y se desgasta por mantener ocultos a mis demonios.

Evito cualquier situación que implique mi reflejo en un espejo, lo que de momento sé fue la puerta de entrada a sus mundos. Esta tarea no ha sido tan difícil, ya que mi aspecto se deteriora día tras días, meses de no dormir, me han conferido un aspecto enfermo, lúgubre.

Mis colegas insisten en que vaya al médico, pero no saben que esos demonios no se extirpan con una cirugía, así que me están consumiendo noche a noche, pero espero seguir manteniéndolos en su lado de el espejo.