Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 13.

Relato – El espejo (4) | Poema – Mi casa III – Jazmin Campos Díaz | Reseña – Mujeres amores y otras rarezas – Soledad Arellano | Frase robada – Robert Penn Warren | Bonus track – El viudo – Diego Velázquez


El Espejo (4)

-capítulo 3-

Esa primera noche fue el preámbulo del resto de todo. El cansancio de lo ocurrido auguraba que caería rendido. Pedí algo para cenar, no tenía deseos de ir al supermercado, me di una ducha más por compromiso que por deseo y me dispuse a dormir. La mentira se hizo patente, cerré los ojos y las ensoñaciones comenzaron a descender, trozos de recuerdos de todos los tiempos que, como los rayos de una tormenta me despertaban con espanto, sudando con el corazón en el cuello.

Intentaba volver a conciliar el sueño pero la fórmula se repetía, en cada intento un recuerdo retorcido, transmutado me despertaba.

Tuve que ver el reloj, no quería hacerlo, sabía que aún faltaba mucho para levantarme. Eran las tres de la mañana, la que se convertiría en mi nueva hora de despertar. Fastidiado de dormir a retazos me levanté por un poco de agua a la cocina; de regreso encendí la luz del baño, aproveché para enjuagarme la cara, con la esperanza de que se aplacaran los pensamientos. Me apoyé en el lavabo y dejé correr un poco de agua, me hipnotizaba el pequeño remolino que se formaba en el desagüe, me enjuagué tres o cuatro veces la cara, y al mirarme al espejo mi espanto me obligó a ahogar un grito, de mi cara escurría sangre, gruesas gotas, rutilantes que caían de mi reflejo. De inmediato tomé la toalla y me limpié la cara, para mi sorpresa estaba blanca y húmeda, pero en el reflejo persistía la sangre embarrada que se arrastraba con cada intento por limpiarme, froté con intensidad pero la sangre se empeñaba, vi el agua corriendo y me volví a mojar la cara; para mi incomprensión el agua era pura, limpia y al verme en el espejo mi reflejo otra vez estaba empapado de sangre. Volví a restregar la toalla que solo absorbió el agua de mi piel, pero me observaba con la sangre embarrada.

Estaba temblando y agitado, observaba la cara en busca de heridas, pero sólo estaba la sangre que se comenzaba a secar y cuartear, me tire al suelo y abrazando las rodillas comencé a llorar con odio, con ahogo. No sé cuánto tiempo estuve así, pero desperté hecho un ovillo en el tapete felpudo del baño, todo me dolía y la cabeza apretaba fuerte, fui directo hacia la regadera no quería saber si mi reflejo seguía ahí, en una pesadilla.

Me bañé mirando con atención el agua, el jabón en mis manos al lavarme la cara, nada fuera de lo usual. Tomé la toalla y me sequé, todo normal, pero mi temor era observar el reflejo, el miedo tomó le decisión por mi, y pasé directo a la recámara, prácticamente cerré los ojos al pasar frente al espejo encima del lavabo.

Al salir al pasillo me pasé las manos por la cara, secas, sin rastros de nada. Comencé a vestirme y prepararme para ir a la oficina. Afortunadamente nunca he sido muy esmerado en mi apariencia personal, por lo que el otro espejo de la casa estaba en la habitación que uso como biblioteca y sala de televisión; antes de salir normalmente me veo rápidamente, más que por vanidad es para confirmar que lleve lo que tenga que llevar, el descuido me ha jugado malas pasadas con zapatos impares o combinaciones excesivamente eclécticas. Pero hoy confiaría en mis hábitos, no quería saber qué era lo que deparaba mi reflejo en esa luna de cuerpo entero.

Mientras desayunaba, cada tanto me tocaba la frente y las mejillas, para corroborar que mis manos seguían limpias. Saqué mi cepillo de dientes y la pasta dental de la maleta de viaje, para asearme en la cocina.

Al llegar a la oficina fui el centro de atención, todos estaban desconcertados por lo ocurrido en El Pueblo de las Brujas, en especial con lo que me había pasado. Al parecer para los otros no fue nada sorprendente; leerles la mano, lanzarles el Tarot, algunos rituales con hierbas e incienso, pero nada mas; bastante “normal” decían, así que, lo que yo les dijera era motivo de interés nacional.

A la hora de la comida se dispusieron a darle coherencia a los fragmentos de la historia que repetían. Llegaron a la conclusión de que me habían drogado, sin tener un motivo claro; por algún momento mientras me llevaban al hospital, pensaban que me iba “a quedar en el viaje”. Antes de volver a nuestras actividades el corolario fue que me veía pésimo, muy demacrado, y la amnesia a partir de que me quedé atando las agujetas de mis zapatos, les impidió satisfacer su curiosidad y ser contundentes en sus opiniones. Decidí que no les contaría lo ocurrido al interior de la casa y lo que estaba sucediendo con mis sueños, mucho menos lo que pasaba con mi reflejo.

La vida en la oficina anestesia el espíritu, la imaginación y porque no, hasta las maldiciones. Cursé la tarde casi con normalidad, pero conforme mis compañeros levantaban sus cosas para emprender el regreso a casa, mi temor aumentaba, aún no encontraba una solución al pánico de volver a mi departamento. A cuenta gotas se despedían con inusual entusiasmo. Terminé siendo el último en todo el piso, hasta que llegó el personal de seguridad para saber si me quedaría más tiempo y avisar al resto del equipo. Era absurda mi estrategia de evasión, así que, tomé mis cosas y volví sin afán a casa.

Entré y me tiré en el sillón, estaba rendido, no sabía si deseaba más dormir o cenar algo, al final el sueño venció, y sin percatarme me recosté en el sofá.

El frío me despertó o eso pensaba, decidí levantarme para irme a la cama, fui a la recámara a ponerme el pijama, volví a la cocina por agua y vi el reloj de pared, las tres de la mañana, la peor hora para la indecisión entre dormir o lamentarme del sueño que se alejó. Tomé el teléfono celular para distraerme pero la batería se había agotado. No lo pensé, la costumbre me hizo entrar al cuarto de televisión donde tenía el cargador y lo conecté, mientras me sentaba en la silla del escritorio a esperar que encendiera. La maldita duda me obligó a levantarme y acercarme al espejo de cuerpo entero. Me paré frente a el y todo parecía natural, mi cuerpo correspondía con la versión reflejada, hasta que tras unos segundos mi imagen dejó de moverse, estaba estática, desobediente a mis mandatos, no sabía qué hacer, algunos movimientos sutiles, temeroso de lo evidente. Se me ocurrió la absurda idea de mover mi dedo índice y apoyarlo en el pecho de ese otro, de la figura que no se movía, el dedo chocó con el duro vidrio, pero al verlo parecía que lo hubiera hundido en el pecho del inerte reflejo, estaba lleno de sangre.

Absorto, buscaba el origen de esa sangre tibia, volví a observarme esperando la obediencia que finamente imitara mis actos, pero mi reflejo no sólo desobedecía mis mandatos, su semblante, los ojos y nariz sangraban; era lo único que se movía en el mundo del espejismo, ansioso pasé las manos sobre mi cara, permanecían secos, repetí la maniobra desordenadamente deseando que se llenaran de sangre, eso tendría más lógica que lo que estaba ocurriendo. Al ver mis manos limpias, lo único que se me ocurrió fue usarlas para golpear el espejo hasta romperlo, cedió a los primeros puñetazos, pero perseveré hasta que decenas de pedazos se me enterraran en los nudillos, y ahora si las manos se me llenaron de sangre. Desistí en el deseo de acabar con mis puños o mi reflejo cuando en los pocos fragmentos que permanecían, por fin tornó la obediencia, mi yo fragmentado en pedazos emulaba perfectamente mis movimientos.

Decidido, con las manos ensangrentadas, tomé mi vaso con agua y fui al baño, antes de enjuagar las heridas, golpeé el espejo con el vaso hasta hacerlo pedazos, los fragmentos pegados a la pared finalmente sometidos me mostraban mis puños cerrados llenos de sangre. Esa sumisión me dio la tranquilidad para volver a la cama después de curarme las heridas y dormir por unas horas al fin.


Mi casa III – Jazmin Campos Díaz

La cucaracha jamás ha sido testigo
de la risa que se despliega en las cortinas de la casa,
se oculta despreocupada
en los puntos ciegos de lo cotidiano
del cuerpo, los azulejos sarrientos.

Como hoja en blanco
ella espera la posibilidad
    la caída, el desperdicio
que mantenga su mordida
la expresión del deseo
traducida en un pedazo de membrillo
una nube de huevo revuelto en el comedor
restos de galleta debajo de la cama.

La más astuta de todas
resbala entre los pies
no teme que la pisen
    teme que la encuentren.


Mujeres

amores

y otras rarezas – Soledad Arellano

Sé que es una visión romántica y profundamente cursi, esa de que lo libros son los que nos eligen, que están esperando en las estanterías de bibliotecas o ahora en las ofertas que, implacablemente te lanza amazon; independientemente de su génesis, el objetivo es encontrarte en el momento preciso.

Ya alguna vez lo había experimentado, pero en esta ocasión sí que fue evidente el trazo inequívoco del destino, del cual soy un fiel escéptico, lo que me llevó a comprar lo que de momento parece el libro del año.

Hacía tiempo que no iba a mi universidad, pero fui invitado a ser sinodal de un examen doctoral. Dado que en bicicleta el tiempo y la distancia son algo predecible, llegué considerablemente temprano, así que, decidí sentarme en los bancos del edificio central conocidos como “los ceniceros”, por su forma cuadrada y estar parcialmente enterrados. Lugar donde te podías encontrar con tus amigos y que se encuentra al lado de la librería. Después de ejercitar mi voyerismo y darme cuenta de que los paseantes no ofrecían nada interesante, me decidí a entrar. En mi pasado algunas veces además de libros de fisiología y bioquímica, encontré algún libro interesante, pero en ese entonces la medicina era lo que guiaba mis lecturas.

Pero ahora iba con ojo explorador, que por cierto es bastante miope, porque no superé el primer estante. No tenía tiempo (nunca tengo tiempo) de explorar con detenimiento, ese primer montón de libros tenía una selección muy sincrética de obras editadas por la Universidad Autónoma Metropolitana.

En un principio los vi con recelo; sociología, arquitectura, algo de literatura; estaban sellados, así que sólo me orientaba la portada y contraportada, tomé varios de formato pequeño que asumí eran poemarios. Mi atropellada forma de elegir y el hecho de que el título esté escrito en forma de verso y no en prosa, me llevaron a comprar esta hermosura de Soledad Arellano, que tras varios meses en mi librero, una noche en que la poesía de José Emilio Pacheco ya me había fastidiado y no andaba de ánimos para las cursilerías de Albert Camus y María Casares, lo tomé pensando que era poesía.

Ya estaba entre las cobijas cuando me disponía a leerlo y me percaté que era un libro de cuentos, no tenía ganas de buscar algún otro, así que me puse a leer. Lejos de ayudar a tranquilizar el espíritu de un chilango abrumado por el absurdo, los cuentos cortos, muy cortos, resonaban como cartuchos de dinamita abriendo una mina.

Son unos cuentos bárbaros, bárbaros en todas y cada una de las siete definiciones que provee el diccionario. En máximo tres o cuatro páginas arroja una historia que cumple con el formato, ya que al final de cada uno, un gancho al hígado, al corazón o al alma te lanzan a la lona. Ataviados de oscuridad, tristeza e ironía, están perfectamente escritos.

La mala noticia es que no los he encontrado en las librerías convencionales, algo me hace pensar que era de las últimas copias en remate. Me estoy queriendo quitar la pereza e ir a comprar todos los ejemplares, pero de momento la holgazanería va ganando la batalla.

En definitiva encontré o me encontró uno de los libros que será finalista para mejor libro del año.


Frase robada – Robert Penn Warren

Si de algo se puede estar seguro es de que ninguna historia termina realmente.


Bonus track

En camino al Desierto de los Leones o sus alrededores, la realidad es que no me quedó muy claro dónde estaba exactamente, pero el camino estaba increíble, paisajes que no parecen parte de la Ciudad de México.
Hablando de la Ciudad de México es todo ese monstruo detrás de los árboles que parece extenderse hasta el infinito. Somos supervivientes como ratas, sólo vean esa nube de contaminación que nos cubre, y que de milagro no nos asfixia.
Como siempre los hongos omnipresentes, este era interesante además de la forma y los colores, sino por la dureza, no sé desde cuando ha estado ahí, pero tiene una dureza bastante inesperada, resiliencia pura.
Pero por otro lado un campo lleno de musgos, que como alfombra cubrían el paisaje.

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