Relato – El espejo (2) | Poema – Misifustófeles, pero para los cuates, Misifú – Ana Basilio | Reseña – Rey Lepra – Bernardo Esquinca | Frase robada – Simón Angulo | Bonus track
El espejo (2)
La casa no tenía ninguna característica fuera de lo usual, un pequeño jardín al frente, ventanas mirando a la calle con cortinas coloridas y un pequeño lazo con el que hice sonar la campana. Me sentía más como niño en una kermes ofreciendo galletas que, como alguien en búsqueda de una pitonisa.
Se instauró el silencio tras el repique de la campana, sólo el viento levantando el polvo de la calle irrumpía la tranquilidad. Pasaron varios segundos y no se percibía ninguna reacción al interior de la casa. Inexplicablemente persistí en mi espera, era evidente que esa dilación tenía un objetivo.
Dudé entre retirarme o volver a hacer sonar la campana, con una sujetando el lazo y mi mente ordenando la retirada, vi a través del vidrio despulido de la puerta un juego que luces que, indicaba movimiento al interior, hasta que una sombra que parecía distante se transformó en una silueta que se acercaba tranquila a la puerta. El silencio interrumpido por el viento también persistía; noté su mano abriendo el portón sin preguntar quién la visitaba.
Por fin la vi, era una mujer alta, delgada, con un vestido holgado negro, contrastaba con su piel que hacía pensar en la luna llena a media noche. Mi miró directamente a los ojos, sin parpadear durante dos segundos, en los que transcurrió una vida
-Te di la oportunidad de retirarte, pero te veo dispuesto a continuar. Sabes a lo que vienes, así que pasa y cierra la puerta -lo dijo en un tono sereno pero imperativo.
La seguí tranquilo por un pasillo hacía el recibidor, me sorprendía lo fácil que se confundía su cabello con el vestido, como si fuese un velo negro. La casa era hermosa, impoluta, con pocas cosas pero sin minimalismo.
Me indicó que tomara asiento en uno de los dos sillones colocados uno frente al otro, con una mesa de centro octagonal que los separaba. Permanecí sentado observando a mi alrededor, mientras ella se afanaba en cerrar las cortinas oscuras, gruesas y sedosas que, impedían casi por completo el paso de la luz, dejando la sala en penumbra, apenas capaz de distinguir siluetas.
Ella continuaba con el acomodo, y comenzó a retirar paños blancos que ocultaban espejos ovalados de medio cuerpo, me habían pasado desapercibidos, pero ahora al descubierto, tenía uno enfrente de mi, dos a los lados y el reflejo del espejo frontal me permitió ver dos más a mi espalda, podían ser los vértices de un pentágono o las puntas de una estrella.
A pesar de que afuera el calor era implacable y se levantaban polvaredas, la sala era fresca, con un sutil olor herbal.
Antes de sentarse frente a mi, colocó dos copas tequileras, y de un bufetero de madera sacó una licorera con la que lleno hasta dos terceras partes las copas, con un líquido verdoso; de inmediato el olor a tierra mojada fue contundente. Regresó la botella a su lugar y se sentó frente a mi.
Sin dejar de observarme tomó su copa y me ofreció un brindis, la imité sin pensarlo, con sus ojos fijos en los míos brindamos, el sonido del vidrio fue intenso y continuado. Bebió la mitad del contenido y me ofreció el restante, así que intercambiamos los tragos. Vaciamos el restante, era una mezcla entre mezcal muy ahumado que, al pasar por la boca sabía a tierra, como haber lamido una piedra húmeda llena de musgo. Se inclinó sobre la mesa y estiró sus manos con las palmas hacia arriba, intuí que debía colocar las mías encima.
No sé si me miraba a mi, o los espejos a mi espalda, el efecto de la bebida y la oscuridad me impedían saberlo, solo podía ver sus ojos negros profundos, conforme continuaba inmerso en su mirada, el iris comenzó a dilatarse, tapizando de oscuridad totalmente la mirada, su parpadeo lento y ocasional confirmaba que donde estuvieron esos enigmáticos ojos, ahora solo había una densa y completa oscuridad.
Mis manos encima de las suyas percibían el calor de su cuerpo, que fue incrementándose, subiendo por mis muñecas y codos, sentía que mis brazos comenzaban a arder, nuestras manos entrelazadas estaban derretidas, mezclada su carne con la mía.
-Deja que tu cuerpo te abandone.
La escuché decir sin que se movieran los labios, con una voz que procedía de todos lados.
-Respira profundo y despídete, no sigas luchando.
Volví a escuchar mientra el calor comenzaba a inundarme el pecho. La obedecí, el aire salía hirviendo quemando mi nariz.
Subítamente todo cesó, el calor, el miedo, pero también el sonido, el dolor. Percibía paz, mi cerebro apagado en silencio, los cinco sentidos estaban anestesiados, me apreciaba vacío sin referentes.
La mujer sentada frente a mi había envejecido, la negra cabellera era apenas unos mechones de canas ralos, encorvada sobre su cuerpo me miraba con la negrura infinita, pero ahora opaca, despulida.
Me sorprendí al ver nuestras manos que seguían unidas, sus antebrazos con colgajos de piel arrugada contrastaban con una manos jóvenes y sedosas, aunque las mías eran un poco más avejentadas de lo que recordaba.
-Es un pequeño cobro. Algo de tu juventud, apenas imperceptible para ti, pero sólo así puedo permanecer en este mundo.
Fijé la mirada en el espejo detrás de ella, que mostraba mi cara, pero también su espalda, reflejaba la negra cabellera hasta la cintura, intenté voltear a ver los espejos detrás de mi, pero con tono aumentado me detuvo.
-No debes verte en esos espejos, son mi entrada a ti, a tu vida, a las vidas pasadas y a las que vienen, ese es mi terreno.
La anciana sentada frente a mi, y las mujeres de los espejos gesticulaban sincrónicamente, aunque la voz parecía venir de todos lados.
-Veo que tenemos muchos temas. ¡Finges muy bien! Pero eres un alma vieja y serpenteante. ¿Por dónde quieres comenzar?
Misifustófeles, pero para los cuates, Misifú – Ana Basilio
Está allí, entero,
cerrado sobre sí mismo como una piedra caliente.
Su mirada es una réplica
de cualquier movimiento mío.
En sus ojos amarillos el mundo se recoge
y se afila. Toca el aire hacia arriba.
Se asea en el fervor íntimo que le persigue.
Una pata, la otra.
Tintinea los bigotes a lo lejos
hasta quedar satisfecho. El guapo
de la cuadra, con un moño azul nuevo.
Cae y camina sin tocar el piso.
Entre sus patas sueña que el mundo entero le obedece
y curva el día a su paso. La luz aprende un poco
del ritmo entre sus patas. Yo calculo su carisma
muy de lejos, y cuento, algunas veces,
el número de anillos dibujados en su cola.
Imagino que la cantidad
es correspondiente a la cualidad de sus talentos,
responsabilidades de otra vida
donde seguramente volvimos a dormir juntos,
cruzados como nuestras miradas ahora mismo.
Echado panza arriba con la indiferencia monstruosa
ante cualquier movimiento o ruido, me siento a tu lado
y contemplo tu corona gris de pelos.
El silencio pendiente de una elegancia compartida,
como yo en estos últimos años desde tu nacimiento.
Te aprendemos, en el misterio al que perteneces
tal como una insignia. Llamas a la puerta,
abres el mosquitero, calculas la forma más fácil
para escapar en un solo acto de magia.
Se yerguen bajo estremecimiento los siete nombres
afelpados que el exilio cósmico marcó,
cinturón espinado de leche.
Terciopelo de aire sobre mi regazo de tul.
Rey Lepra – Bernardo Esquinca
Esta es mi primera aproximación al tapatío, y preguntando por sus credenciales, parece que he iniciado con el pie derecho. En este libro se reúnen doce cuentos bajo el eje del Rey Lepra que, como figura mítica aparece y desaparece entre las páginas, tomando diversas formas, pero siempre afectando el destino de la historia.
Pero son cuentos de un suspenso/terror bastante local, con olor a fritanga, llenos de sátira y anclado a las reminiscencias de nuestra mística cultura. De este modo siente un libro muy mexicano.
Los cuentos vienen de todos los sabores y extensiones, pero todos contundentes.
A pesar de estas florituras, uno a uno van cumpliendo su objetivo, causar asombro y espanto. Hasta el grado de la sugestión, mientras estás esperando (o mejor no) que algo paranormal ocurra.
Es una muy buena exploración al terror que no cumple con los clásicos estándares; y entretiene, pero por supuesto asusta.
Frase robada – Simón Angulo
La ansiedad es mi estilo de vida que no me gusta.
Bonus track


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